Explore "Ángel Guerra" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Leré vivía con sus tíos y con el padre Mancebo en un barrio laberíntico, entre el Pozo Amargo y la parroquia de San Andrés. Dos o tres veces pasó Guerra por allí sin atreverse a entrar: rondaba su ilusión, temiendo ahuyentarla si se lanzaba derechamente hacia ella.
Decidido al fin una mañana a preguntar por su antigua criada, hizo tiempo hasta que llegase la hora oportuna, y después de examinar por dentro y por fuera la interesante iglesia de San Andrés, se sentó en el altozano que frente a la parroquia domina todo el Sur y parte del Oriente de la ciudad, y contempló la perspectiva de techumbres, de tan variados planos y con tal diversidad de ángulos y cortes, que parece que todo ello se mueve como un oleaje, flotando arriba la mole del Alcázar y no lejos de ella la torre mudéjar de San Miguel el Alto. El cielo azul da más vigor al tono de los tejados, que parecen esteras viejas o superficies duras y arrugadas como la cáscara de nuez. Sin saber por qué, a Guerra se le figuraba que el mismo aspecto debía de tener Samarcanda, la corte del Tamerlán. No le resultaba aquello ciudad del Occidente europeo, sino más bien de regiones y edades remotísimas, costra calcárea de una sociedad totalmente apartada de la nuestra por sus extrañas nociones de la propiedad y de la geometría. Llegada la hora que estimó conveniente, se precipitó por el callejón de los Muertos, agarrándose al muro. ¡Qué confusión de lo noble y lo villano! En las gruesas estribaciones de la parroquia, vio los escudos de los Rojas, morrión por arriba, losanges y cascabeles por abajo, y entre los miembros rotos de fabricas que fueron magníficas, casuchas miserables, puertas increíbles, rejas gastadas que semejaban palos de canela, paredes hendidas y tabiques de ladrillo que se sostenían de milagro.