Explore "Ángel Guerra" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Contaba D. Francisco Mancebo sus años por los del siglo, quitando una decena, y se conservaba muy terne y espigado para su edad, hecho un puro cartón, los ojos vivaces y algo picarescos, la piel dura y a trechos enrojecida por sarpullos crónicos; bastante aguzado de morros y con buena dentadura, que solía mostrar como indicio cierto de su excelente salud; pobre de pelo, si rico en lunares y berrugas de diferentes tamaños, que salpicadas con cierta gracia decoraban su nariz, frente y barbilla. Había conocido cinco cardenales, D. Luis de Borbón, Inguanzo, Bonell y Orbe, el padre Cirilo, y Moreno, y desde muy niño estuvo al servicio de la Iglesia Primada. Era bien criado y atento con todo el mundo; algo cascarrabias en la Catedral cuando sus inferiores le apuraban la paciencia; fumador de cigarros apestosos que hacía él mismo picando colillas; narrador entretenido de historias capitulares y cronista de todas las fundaciones que afectaban al personal de la Santa Iglesia Primada; infatigable y celoso en sus obligaciones; descuidado en el vestir, pues su sotana con visos de ala de mosca, algo babeada por la parte del pecho y engrasada en el cuello, revelaba una economía próxima a la sordidez.
Sus historiales podrían trazarse en cuatro líneas. Niño de coro en 1822, cuando aún vivía el cardenal de Borbón: sacristán sirviente y salmista hasta la edad de treinta años: en 1840, órdenes, y al poco tiempo capellanía de coro, que en 1851 fue suprimida por el concordato: sacristán mayor de la capilla general o de Santiago en 1843, y luego beneficiado por propuesta del señor Bonell y Orbe: en 1860, auxiliar contador en la oficina de Obra y Fábrica, donde continuaba y continuaría hasta su muerte. En todo este larguísimo espacio de vida no dejó de ir un solo día a la Catedral, ni jamás guardó cama por enfermo, ni supo nunca lo que son médicos y botica. El único achaque que le mortificaba era la gradual pérdida de la vista. A veces, ya por exceso en el trabajo, ya por efecto de algún berrinche que cogía, se le inflamaban los ojos, y le escocían y le lloraban, viéndose obligado a usar unas gafas de antiguo estilo, con montura de plata y cuatro cristales azules, dos ante los ojos y los otros en las sienes, adefesio que ya no se ve más que en los escribanos y memorialistas de sainete. Otro rasgo: nunca había salido de Toledo, pues por no viajar, ni en las Madriles puso nunca su planta, calzada con zapato de paño sin hebillas ni ningún otro toque de elegancia clerical.