Explore "Ángel Guerra" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Ya no empleaba Guerra las frescas mañanas de Diciembre en vagar con soñadora inquietud por las partes más solitarias y poéticas del histórico pueblo. Como reacción de aquella actividad, entrole una pereza también soñadora, y se pasaba las horas muertas en su cuarto, sin más compañía que la del Niño Jesús y los acericos, leyendo o meditando hasta que llegaba el ansiado momento de visitar a los mancebos. El sabio Palomeque prestábale libros, entre los cuales Guerra prefería los de Historia, y de éstos los de Mariana, porque aquel estilo ingenuo y viril le cautivaba, así como la espontaneidad y frescura con que el mundo antiguo salía de sus páginas. Los reyes y príncipes que la lectura, cual arte mágico, ante sus ojos resucitaba, parecían encajar dentro de los muros y entre las callejuelas de aquella ciudad, como si no debieran ni pudieran existir allí otra clase de habitantes. ¡Qué disonancia entre Toledo y D. José Suárez, verbigracia, o D. León Pintado y el mismo Palomeque! Echándose a divagar mentalmente, comparaba lo que leía con la realidad coetánea, y en verdad no llegaba a convencerse de que lo presente fuera mejor que lo pasado. Acordándose de Madrid, y de la política y la sociedad, todo informado de un modernismo que lustrea como el charol reciente, llegaba a creer que vivimos en el más tonto de los engaños, sugestionados por mil supercherías, y siendo los prestidigitadores de nosotros mismos. Reíase también del afán que en tiempos no lejanos había sentido él por trastornar la sociedad. En aquel rincón de paz y silencio, ¿qué le importaba que el Estado se llamara República o Monarquía, ni que el Gobierno fuese de esta o de la otra manera? Tales problemas no eran ya para él más importantes que el trajín y las idas y venidas de las hormigas, arrastrando hacia su agujero la pata de un escarabajo.
Meditaba en estas cosas tendido en la cama, desde la cual, por la ventana frontera, disfrutaba de una grandiosa y extensa vista, el ábside de la Catedral descollando con gentil bizarría sobre el montón de tejados, los pináculos de la capilla de San Ildefonso, los almenados torreones de la de Santiago, detrás la torre grande, majestuosa y esbelta en su robustez, con el capacete de las tres coronas y la cimbreante aguja, en la cual parece que se engancha, al pasar, el vellón de las nubes. En término más lejano, la mole de San Marcos, los techos del ayuntamiento, la presumida cúpula de San Juan Bautista, y aquí y allí las espirituales torres de estilo mudéjar, cuanto más viejas más airosas y elegantes.