Ángel Guerra by Benito Pérez Galdós — Read

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No fue perezoso para retirarse a la mañana siguiente, dejando a Dulce triste y meditabunda, pues la intimidad de aquella noche puso de manifiesto que si el hombre llevaba consigo toda su galantería obsequiosa, el corazón se lo había dejado en otra parte. Comprendió muy bien que los sentimientos de Ángel tomaban una dirección desconocida, y las cosas de un orden místico y espiritual que en el correr de la conversación dijera, marcaban diferencia enorme entre el hombre actual y el de antaño. Para colmar el mal humor de Dulce, descolgose doña Catalina con una leccioncita de moral, que desentonaba horrorosamente en los labios de la buena señora.

-Vamos a ver: ¿te parece a ti decoroso ese amartelamiento con Ángel? ¿Qué me dices de tu poca aprensión para retenerle aquí toda la noche? ¡Qué dirán los primos, ¡ay! qué los honrados huéspedes de esta casa, que le vieron salir no hace mucho rato! No te haces cargo de nuestra posición, qué ya va siendo un poquitín elevada, ni de las conveniencias sociales. Figúrate qué cara pondré yo cuando me digan. No lo quiero pensar. Y otra: ya sabes que el primo Casiano, que te vio el día de nuestra llegada, le dijo a tu papá que le gustabas mucho. Me huele a matrimonio ¡Y qué chico tan guapo! Da gusto verle. Volverá dentro de dos días, y sería de muy mal efecto que a sus oídos llegara un rum-rum de que si eras o no eras. El corazón me dice que Casiano va a salir con el hipo de quererme por suegra. ¿Te parece que, en vísperas de que te pique un pez tan gordo, es decente andar en tratos con ese loquinario de Ángel, el cual es ya para ti agua pasada, que no mueve molino? Cierto que si él me pidiera tu blanca mano, no había que dudar; pero como no ha de pedirla, fíjate en el otro, hija mía, piensa en él, echas tus redes por ese lado, y considera que es dueño de media provincia.

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