Ángel Guerra by Benito Pérez Galdós — Read

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Era cosa infalible que D. Francisco Mancebo, terminado el coro de la tarde, o despachados los no muy grandes quehaceres de la Obra y Fábrica, diese un corto paseo por la ciudad en compañía de otro beneficiado, a la vuelta del cual paseo solía detenerse en casa de su amigo Gaspar Illán, el tendero de la esquina de la Obra Prima, y allí echaba grandes parolas con varios tertulios que asiduamente concurrían, gente por lo común más campesina que ciudadana.

Tiempo hacía que D. Francisco estaba de pésimo talante, como si todas las malas pulgas del orbe se dedicaran a picarle, aunque apenas le molestaba ya el alifafe aquel de la fluxión a los ojos que le obligó al uso constante de los desaforados vidrios. Y tal genio gastaba el bendito señor, que no se podía hablar con él, porque todo lo contradecía, y las cuestiones más inocentes se agriaban en su boca. Illán, que de muchos años le conocía y siempre vio en él benignidad y dulzura, se maravillaba del singular cambiazo. Por cualquier cosilla armaba camorra, por ejemplo: «¿A cómo ponéis ahora el bacalao? -A tanto». No se necesitaba más: «¡Ya no se puede vivir con este ladronicio! Toda la población civil, eclesiástica y militar se va a quedar en cueros vivos por enriqueceros a vosotros. Todos esos dinerales que ganáis chupando la sangre del pobre os los echarán en la balanza cuando toquen la trompeta gorda, y veremos quién os saca del Infierno». Y si no era por el bacalao, era por cualquier noticia inocente que traían los periódicos, o por lo primero que saltaba, verbigracia, por si había mala o mediana cosecha de aceituna: «¿Qué cosechas ha de haber ¡zapa! si están esos cigarrales perdidos, si no los cuidan, si no se cultivan ni se abona; si no se administra?. Váyase viendo en qué manos han caído las mejores fincas: en manos que no lo entienden. Después se quejan de que las tierras se destruyen y no dan ni para los gastos. Que las pongan bajo la dirección de persona entendida, que sepa administrar, y allá te quiero ver. Yo sé de un cigarral, de los mejores de Toledo, que ogaño no produce ni para que vivan los lagartos, y podría ser un platal. ¿No quieren remediarlo?. pues allá ellos. Con su pan se lo coman. Y cuenta que se están perdiendo los mejores albaricoques, los más dulces, los más tiernos que hay en toda la provincia. ¿Es culpa mía? No; yo me lavo las manos. Abur, señores».

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