Ángel Guerra by Benito Pérez Galdós — Read

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Consistió la enfermedad de Dulcenombre en una fiebre altísima, que sólo duró dos días, como racha ciclónica que con la violencia de su propio girar se aleja más pronto, y la remisión brusca la dejó en pocas horas en despejada convalecencia, aturdida y sin fuerzas, con el vago conocimiento de haber escapado a un grave peligro. En su interior reinaba la grata impresión de una crisis o prueba decisiva pasada felizmente, durante la cual estuvo la naturaleza titubeando entre decretar la muerte o la vida. Alegrábase la infeliz joven de vivir, pues hasta entonces, ni en sus mayores angustias había sufrido nunca las nostalgias del otro barrio, ni jamás pensó en ser Parca de sí misma. Al despertar de aquella lúgubre somnolencia, vio y sintió que la vida es buena, mejor dicho, la bondad de la vida se estampaba en su alma con la categórica lucidez de los conocimientos primordiales. Al propio tiempo, su memoria no le daba noticia clara de todo lo que había hecho y sentido en aquel turbulento período de vida toledana, cuya duración no le era fácil apreciar. De algunas cosas conservaba la impresión inmutable, como si aún las estuviese viendo; pero otras se le borraban y obscurecían, rebeldes a su propia investigación. Figurábase a veces que aquella crisis había sido como una infancia, y las reminiscencias de lo acontecido resultábanle como las memorias de la edad primera, que unas se conservan clarísimas y otras se desvanecen, quedando sólo de ellas sombra, mancha o perfil indefinibles.

La tarde aquella de la visita de Guerra y de la colisión entre éste y Arístides, Dulcenombre se hallaba en el período culminante de su desatino, del cual pasó a una especie de estado tetánico, y se llevo dos días en una pura convulsión, con tan horrible traqueteo que toda la familia junta no la podía sujetar. Al ver a su hija en tal situación y a su primogénito descalabrado (porque resbaló en el borde del Corralillo y fue rodando por el cerro abajo, etcétera. ); al ver tanto desastre y desdichas tantas, doña Catalina se llenó de consternación, y no sabiendo a quién volverse, pues su marido no era hombre para las grandes adversidades (ni para las pequeñas), elevó sus ojos al Cielo, y con grandísima aflicción pidió a la Virgen bendita que la amparase.

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