Explore "Ángel Guerra" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
El marino se fue a dar un paseíto y a tomar el sol, que aquel día, después de una mañana calimosa, picaba bien. Se sentía ágil, vigoroso, con ánimos para tirar mucho tiempo y gozar de la vida, espíritu y cuerpo dispuestos a nuevas empresas. Conviene añadir, para completar la historia del buen navegante, ciertas explicaciones de cosas que le habían pasado aquellos días, a saber: que con la rusticación, la vida al aire libre en país tan sano, las comidas metódicas, la paz del ánimo, se le recalentó la fría sangre, despertando en él dormidos instintos, y retrotrayéndole a la mocedad. La afición al mujerío, que fue la debilidad capital de su vida y ocasión de sus quebrantos, se le reverdeció en términos que se pasaba las horas de otero en otero, soñando con poéticas aventuras y con deleitables encuentros en medio de la soledad no morosa del monte. Pero la realidad no correspondía a sus delirios, porque si alguna hembra se parecía por allí, era comúnmente más fea que el Demonio. Con su imaginación remediaba el capitán estas jugarretas de la caprichosa realidad, y no necesitaba forzarla mucho para figurarse que a la vuelta de un matorral, o en el hueco de una peña, se iba a tropezar con alguna zagala preciosa, ataviada de verdes lampazos.
La zagala ¡ay! en paños menores no salía por parte alguna; pero como a falta de pan buenas son tortas, empezó D. Pito a mirar con ojos poéticos a las zafias labradoras de refajo y moño que pasaban hacia el puente. A todas les echaba piropos alambicados, llegando a proponer a más de cuatro que le quisieran, y como las tales mozas, antes que enamoradas de él, parecieran temerosas y sorprendidas de su facha, el marino dedicaba un ratito de la mañana a componerse y acicalarse, peinándose con agua las greñas, ladeándose el gorro de piel y atusándose con saliva los cerdosos bigotes. Viendo, en fin, que ni por esas daba golpe, concentró todos sus afectos y esperanzas en Jusepa, determinándose a borrar mentalmente la fealdad de la moza, transformándola en hermosura cabal y sin tacha. La Naturaleza había compuesto en ella a uno de sus más esmerados ejemplares de antídoto contra el amor, dándole una patata por nariz, ojos de pulga, boca de serón, color de barro crudo, cabellos ralos, desiguales y no muy blancos dientes. Tenía en cambio cierta tiesura gallarda, pues la Naturaleza rara vez extrema sus agravios, ciertos andares que podrían pasar por airosos, el seno de no escaso bulto, y los brazos bien torneados. Pues estas cualidades bastáronle a D. Pito para construir en su mente una diosa. Rechazado con brío a las primeras insinuaciones, se creció al castigo, y la acosaba y la perseguía sin dejarla vivir. Con los descalabros, fácilmente pasó del capricho a la pasión, y se sintió invadido de idílicas ternuras, de melancolías románticas. Hasta se le ocurrió escribirle cartas apasionadas, y momentos hubo en que se creyó el hombre más infeliz del mundo porque su ingrata no sabía corresponderle más que con un par de coces o tal cual relincho.