Explore "Ángel Guerra" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Al exordio de su madre, Ángel no contestaría nada. Sabía por larga experiencia que la contradicción la sacaba de sus casillas. Mejor era dejarla que se desfogase, guardando las réplicas para cuando la elocuencia de ella principiase a desmayar. Después del estilo severo, la dama había de usar el sarcástico en esta forma: «Pero tú, ¿qué caso has de hacer de esta pobre mujer ignorante, que no ha ido a la Universidad, ni sabe leer esos libracos franceses? Claro; tú, destinado a reformar la sociedad, y a volverlo todo del revés, levantando lo que está caído y echando a rodar lo que está en pie, eres un grande hombre, un pozo de ciencia. No estoy a la altura de tu sabiduría. Verdad que hasta ahora no has hecho más que borricadas, vomitar mil blasfemias delante de otros tan tontos como tú, juntarte con lo más perdido de cada casa, y embaucar a los cabos y sargentos para que salgan por ahí como unos cafres y asesinen a sus jefes. ¡Vaya, que te estás cubriendo de gloria! Tenemos que ponernos vidrios ahumados para mirarte, porque el resplandor de tu aureola de gloria nos ciega, y de tu cerebro salen las llamaradas del genio, como de una fragua magnífica, en que se está forjando el porvenir de la humanidad. ¡Vaya, que me ha dado Dios un hijo, que no me lo merezco! Lo malo es que mientras la humanidad no se resuelva a dejarse arreglar por estos profetas de papel mascado, a mi hijo y a otros como él hay que mandarles a Leganés, ya que no hay encierro para los memos. ¡Lástima grande que esta sociedad tan tonta no os comprenda, y siga despreciándoos y teniéndoos por unos grandísimos imbéciles! ¡Ay, qué equivocación haberte dado crianza de caballero y haber puesto sobre tu cuerpo una levita! A estos grandes hombres hay que dejarles con su trajecillo corto y su baberito, para que estén más en carácter cuando nos hablen de todas esas bienandanzas que nos van a traer. Lo que es en ésta os habéis lucido, y agradece a Dios que aquí no hay gobiernos que sepan castigar. Si los hubiera, ya os arreglarían bien, y tendríais que guardar eso que llamáis dogmas y eso que llamáis el credo. ¡Valiente credo! para predicárselo a los salvajes del África.
«Otra cosa tengo que decirte. Por lo visto, te has decidido a ser revolucionario práctico, y a predicar con el ejemplo, porque todos esos ¡dogmas! que quieres meternos en la cabeza con ayuda de los militronches, no tienen maldito chiste sin la salsa del amor libre, y he aquí por qué el muy salado de mi niño vive amancebado con una princesa de la ilustre dinastía de los Babeles, cuya filiación puede verse en el Almanaque Gotha. o de la Gota. Lo que nosotros llamamos escándalo, inmoralidad, pecado, estos redentores lo llaman ley de humanidad ¿no es eso? anterior y superior de la ley escrita; y aunque para los que vivimos en el mundo civilizado, de esto a volver a la edad salvaje, no hay más que un paso, el sabiondo de mi hijo no lo ve así, y hace vida matrimonial con su tarasca, cuyos hermanos cuando no están presos los andan buscando. Claro, para regenerar la sociedad hay que empezar por lo de abajo, y buscar nuestra compañía en las barreduras sociales. Hay que enseñar el dogma, ¡vaya con el dogma! a la prostituta, al ladrón y al falsificador, y sacar de los presidios la sociedad que ha de ocupar los sitios donde hoy estamos las personas honradas. Eso, eso; suprime las leyes, así religiosas como sociales, destituye a Cristo crucificado, y al Papa, y al Rey, al Gobierno y a la Sociedad.