Explore "Ángel Guerra" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
La pobrecita Ción se abrasaba sin que nadie lo pudiese remediar. Se descubría, suspiraba hondamente, pedía agua, revolviéndose en el lecho, ponía los ojos en blanco con expresión impropia de la infancia, mirada singular que técnicamente se llama cínica, y que, acompañada de una burlesca sonrisa de mujer, puso espanto en el corazón de los que la asistían. Avanzada la noche, repetíase este síntoma fisiognómico sin que el calor cediera, y el pulso se deprimía súbitamente a intervalos, para volver a agitarse con mayor furia. No cesaban de refrescarle el cuerpo y la cabeza con paños de agua fría, animándola al propio tiempo con palabras cariñosas, con ofrecimientos y mimos de que la pobre niña no hacía ningún caso ya. De repente gritaba pidiendo de comer; se le antojaba jamón en dulce, pasteles o arroz con leche. Pero no le dieron más que agua azucarada, ofreciendo traerle lo demás. Su cara sufrió esa deformación extraña, que resulta de la falta de simetría en las facciones, por la tirantez de ciertos músculos y la distensión de otros; las dos cejas se arqueaban, cada cual con curva diferente; las pupilas resplandecían a veces como lumbre, a veces ocultaban bajo el párpado superior, produciendo el efecto plástico de un espasmo hondísimo de dolor o placer. Poco antes de las doce, fue atacada de una convulsión tremenda: su padre y Leré la sujetaron, ni uno ni otro decían una palabra. Los bracitos de Ción forcejeaban entre los de sus enfermeros, de un lado para otro; sus manos asían lo que encontraban, y toda ella se hizo un ovillo. Siguió a esto un estado letárgico, la respiración dejó de percibirse, y a los pocos minutos, Guerra buscaba ansioso el aliento de la niña sin poderlo encontrar. Leré había perdido toda esperanza, Ángel aún las tenía, y le daba friegas a lo largo del cuerpo con verdadera furia.
Ción se les había quedado entre las manos, y el atribulado padre no se daba cuenta de su desgracia, no la admitía, dentro del orden natural de las cosas, y esperaba, esperaba, aun después de ver y oír a Miquis, que entró casi al ocurrir la muerte, y, quiso apartar al padre de aquel tristísimo espectáculo. Leré lloraba sin consuelo, a lágrima viva, besando a la niña y mojándola con sus lágrimas. Guerra continuó por algún tiempo rebelándose contra la evidencia, y su cara más que dolor revelaba idiotismo. Resistiose a salir, mudo y sombrío, y su mano no se apartaba de la cabeza de la niña difunta. Por fin, la certidumbre de su desgracia, adquirida en fuerza de considerar la realidad, se manifestó en una calma estoica, dolor cavernoso y sin externo aparato. Parecía dolor de abuelo, mientras el de Leré, desbordándose en ternezas y ayes desgarradores, era como el de las madres.