Explore "Guardia blanca" by Sir Arthur Conan Doyle on Textopian. Read with annotations and highlights.
NOS hallamos en Inglaterra, en una hermosa mañana de Julio, cuatro meses después de los sucesos que quedan relatados. Por el camino que conducía derechamente á la antigua ciudad de Vinchester y á no muy grande distancia de ella iban dos jinetes, joven, apuesto y ricamente ataviado el uno, con las espuelas de oro del caballero, al paso que el otro, hercúleo mocetón, tenía más trazas de gañán que de soldado, á no revelar su profesión la formidable espada que al cinto llevaba. Sobre la grupa de su caballo veíase un saco que contenía, entre otras cosas, los cinco mil ducados que pagara por su rescate Don Diego de Álvarez. Inútil es decir que era el jinete nuestro jovial amigo Tristán de Horla, elevado recientemente á la dignidad de escudero de Sir Roger de Clinton, señor de Munster, á cuyo lado cabalgaba en aquel momento.
Roger había sido armado caballero por el Príncipe Negro en persona, con aplauso de todo el ejército que le consideraba como uno de los más brillantes soldados del reino. Aquella defensa inaudita, aquel esfuerzo supremo de la Guardia Blanca había sido referido y ensalzado en toda la cristiandad y el príncipe heredero, en nombre del soberano, había colmado de honores á los escasos sobrevivientes de tan honroso hecho de armas. Por más de un mes fluctuó Roger entre la vida y la muerte, y tan luego triunfó su juventud y cesó el delirio, supo que había terminado la guerra y que nada se había podido averiguar sobre el paradero ni la suerte del barón de Morel. Recibió las felicitaciones y alabanzas que le prodigó en persona el príncipe, y tan luego se halló en disposición de soportar el viaje á Londres se embarcó acompañado de su fiel Tristán. Inmediatamente que llegaron á aquella ciudad emprendieron el camino de Hanson, pues Roger carecía de toda noticia desde la carta del prior que le anunció la muerte de su hermano.