La odisea de Madame Theo

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EL LIMBO es un país color de rosa que está a mucha distancia de la tierra. Allí no hay más que niños y flores; pero los niños aman y las rosas son de carne. En esa tierra venturosa no hay cámaras, ni gobierno, ni municipios. ¿Para qué? La luna se encarga del alumbrado, por las noches, y los carruajes no atropellan a nadie, porque van por el aire tirados por palomas. A ningún transeúnte le roban el reloj, porque no hay relojes. Los niños habitantes de ese cielo sin Dios cuentan los segundos por los besos que dan a sus novias las rosas. Allí no hay queridas que engañen, ni maridos que maten, ni mujeres que voten. Allí hasta el vino es puro. Allí no iremos nunca ni M. Capoul ni yo.

Es un error creer que las niñas que mueren sin bautismo van al limbo: las niñas jamás mueren inocentes. Van al limbo los pequeñitos que se mueren porque sus padres no llamaron al doctor Liceaga; los poetas que creen en el amor; los soldados que dan su vida por el rey y los que van al teatro para oír el drama. Como la puerta es muy bajita, todos se hacen pequeños para entrar, y nadie es de la talla de don Francisco Gómez del Palacio. Las estaciones se conocen nada más por el color: la Primavera es color de rosa; el Estío, color de oro; el Otoño, azul, y el Invierno, blanco. Las bibliotecas públicas no tienen más novelas que la María de Jorge Isaacs, Pablo y Virginia, los Cuentos de Carlos Dickens y la Magdalena de Sandeau. Las aves viven juntamente con los niños, porque ninguno de ellos ha inventado la pólvora, y el agua de los ríos es tan azul como los ojos de los ángeles y las hojitas de los nomeolvides.

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