La Tribuna by Emilia Pardo Bazán — Read

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En la calle de los Castros estaba Carmela, la encajerita, descolorida como siempre y ocupada en oír de boca de Amparo el relato de los sucesos de la víspera. Asomada Carmela al tablero, disimulaba su talle encorvado ya por la habitual labor; pero no sus ojos ribeteados y cansados de fijarse en la blancura del hilo. No obstante su atareado vivir, la encajera gastaba humor apacible e inalterable y poseía la dulzura de las personas melancólicas, una benevolencia claustral. Amparo narraba animadamente; los delegados de Cantabria habían desembarcado entre inmenso gentío que llenaba el muelle y la ribera: ella pensó por la mañana alumbrar en la octava de San Hilario; pero ¡qué octava ni octava!, en cuanto supo la venida del buque, allá se plantó, en el desembarcadero, abriéndose calle a codazos. Los delegados son unos señores., ¡vaya!, de mucho trato y de mucho mundo: ¡saludan a todos y se ríen para todos!, ¡republicanos de corazón, ea! (y aquí Amparo se descargó una puñalada en el pecho). A la señora María, la Rinchona, mira tú, porque dijo que les quería dar la mano, la abrazaron a vista de todo Dios. luego los había acompañado al Círculo Rojo, y oído la serenata, y el discurso que echó uno de ellos. ¡un viejo que parece un santo!, y otro. un señor serio, de mal color.

-¿Y qué tal, predican bien?

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