Autobiografía by Rubén Darío — Read

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En lo más agitado de la Exposición de París, salí en viaje a Italia, viaje que era para mí un deseado sueño. Bien sabido es que para todo poeta y para todo artista, el viaje a Italia, al tradicional país del arte, es un complemento indispensable en su vida. El mío fué una excursión rápida de turista. Aproveché la compañía de un hombre de negocios de Buenos Aires, y así tuve siquiera con quien conversar, ya que no cambiar ideas. Pasé por Turín, en donde visité la Pinacoteca; tuve ocasión de ver al duque de los Abruzzos; almorzar con el onorevole Gianolio; trabar mi primer conocimiento con la sabrosa fonduta aromada de trufas blancas; conocer la Superga y admirar desde su altura los lejanos Alpes, luminosos bajo el sol. Estuve en Pisa y admiré lo que hay que admirar, el Duomo, el Camposanto, la Torre inclinada, rueca de la vieja ciudad, y el Baptisterio. Manifesté, en tal ocasión, líricas reminiscencias. Fuí a la Cartuja, con carta de recomendación para el prior Don Bruno; oí cantar, en el calor de la estación y en los verdes olivos y viñas, pesadas de uvas negras, las cigarras itálicas. Aumenté mi religiosidad en el convento, y admiré la fe y el amor al silencio de aquellos solitarios.

Pasé por Livorno, ciudad marítima y comerciante, vibrante de agitaciones modernas. Fuí a Ardenza, y en el santuario de Montenero recé una avemaría a la Virgen llegada de la isla de Negroponto, virgen milagrosa, amada de los marinos, visitada por Byron y otras conocidas testas. Luego fuí a Roma. Me poseyó la gran ciudad imperial y papal. Vi en una calle pasar a D'Annunzio, en su inevitable pose; vi a León XIII en su colosal retiro de piedra; y dediqué al papa blanco un largo himno en prosa. Esa visita la hice con un numeroso grupo de peregrinos argentinos, entre los cuales tengo presente al ilustre doctor Garro, actual ministro de Instrucción Pública, y al señor Ignacio Orzali, mi compañero de La Nación, que ostentaba sus condecoraciones pontificias.

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