Autobiografía by Rubén Darío — Read

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Los miembros de la delegación de Nicaragua, recibimos en la sección correspondiente de la Exposición, y en su oportunidad, a los reyes de España, que iban acompañados de los de Portugal. El día de la visita fué la primera vez que observé testas coronadas. Me llamó la atención fuertemente la hermosura de la reina portuguesa, alta y gallarda como todas las Orleans, y fresca como una recién abierta rosa rosada. Iba junto a ella el obeso marido, que debía tener tan trágico fin. En la vecina sección de Guatemala, sucedió algo gracioso. Había preparado el delegado guatemalteco, doctor Fernando Cruz, dos abanicos espléndidos para ser obsequiados a la reina; pero uno de ellos era más espléndido que el otro, puesto que era el destinado para la reina regente doña María Cristina. Los abanicos estaban sobre una bandeja de oro. El ministro, antes de ofrecerlos, anunció el obsequio en cortas y respetuosas palabras. La reina doña Amelia de Portugal vió los dos abanicos y con su mirada de joven y de coqueta se dió cuenta de cuál era el mejor; y, sin esperar más, lo tomó para sí y dió las gracias al ministro.

Antes de retornar a Nicaragua, fuí invitado a tomar parte en una velada lírico-literaria. Hablamos dos personas. Un joven orador de barba negra, que conquistaba a los auditorios con su palabra cálida y fluyente, D.

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