Autobiografía by Rubén Darío — Read

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De este modo, encuéntreme el lector, como dos meses después, en la ciudad de Panamá, en donde, según carta que había recibido en Managua, del doctor Rafael Núñez, se me debía entregar por el gobernador del Istmo mi nombramiento de cónsul general de Colombia en Buenos Aires. Así fué, por la eficaz recomendación de aquel hombre ilustre. No solamente se me entregó mi nombramiento-en el cual se me decía que se me daba este puesto por no haber entonces ninguna vacante diplomática-y mi carta patente correspondiente, sino una buena suma de sueldos adelantados. En seguida tomé el vapor para Nueva York.

Me hospedé en un hotel español, llamado el hotel América; y de allí se esparció en la colonia hispanoamericana de la imperial ciudad la noticia de mi llegada. Fué el primero en visitarme un joven cubano, verboso y cordial, de tupidos cabellos negros, ojos vivos y penetrantes y trato caballeroso y comunicativo. Se llamaba Gonzalo de Quesada, y es hoy ministro de Cuba en Berlín. Su larga actuación panamericana es harto conocida. Me dijo que la colonia cubana me preparaba un banquete que se verificaría en casa del famoso «restaurateur» Martín, y que el «Maestro» deseaba verme cuanto antes. El Maestro era José Martí, que se encontraba en esos momentos en lo más arduo de su labor revolucionaria. Agregó asimismo Gonzalo, que Martí me esperaba esa noche en Harmand Hall, en donde tenía que pronunciar un discurso ante una asamblea de cubanos, para que fuéramos a verle juntos. Yo admiraba altamente el vigor general de aquel escritor único, a quien había conocido por aquellas formidables y líricas correspondencias que enviaba a diarios hispanoamericanos como La Opinión Nacional de Caracas, El Partido Liberal de México, y, sobre todo, La Nación de Buenos Aires. Escribía una prosa profusa, llena de vitalidad y de color, de plasticidad y de música. Se transparentaba el cultivo de los clásicos españoles y el conocimiento de todas las literaturas antiguas y modernas; y, sobre todo, el espíritu de un alto y maravilloso poeta. Fuí puntual a la cita, y en los comienzos de la noche entraba en compañía de Gonzalo de Quesada por una de las puertas laterales del edificio en donde debía hablar el gran combatiente. Pasamos por un pasadizo sombrío; y, de pronto, en un cuarto lleno de luz, me encontré entre los brazos de un hombre pequeño de cuerpo, rostro de iluminado, voz dulce y dominadora al mismo tiempo, y que me decía esta única palabra: «¡Hijo!».

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