El Hombre Mediocre by José Ingenieros — Read

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Mientras se limitan á vegetar, agobiados como cariátides bajo el peso de sus atributos, los hombres mediocres escapan á la reprobación y á la alabanza. Circunscritos á su órbita, son tan respetables como los demás objetos que nos rodean. No hay culpa en nacer sin dotes excepcionales; no puede exigírseles que trepen las cuestas riscosas por donde ascienden los preclaros ingenios. Merecen la indulgencia de los espíritus privilegiados, que tampoco la rehusan á los imbéciles inofensivos. Éstos últimos, con ser más indigentes, podrían justificarse ante un optimismo risueño: zurdos en todo, rompen el tedio y hacen parecer la vida menos larga, divirtiendo á los ingeniosos y ayudándolos á andar el camino. Son buenos compañeros y desopilan el bazo durante la marcha; habría que agradecerles los servicios que prestan sin sospecharlo. Los mediocres, lo mismo que los imbéciles, son acreedores á esa amable tolerancia mientras se mantienen á la capa. Cuando renuncian á imponer sus rutinas son admirables ejemplares del rebaño humano, siempre dispuestos á ofrecer su lana á los pastores.

Desgraciadamente, suelen olvidar su inferior jerarquía y pretenden tocar la zampoña, con la irrisoria pretensión de que otros marquen el paso á compás de sus desafinamientos. Tórnanse entonces peligrosos y nocivos. Detestan á los que no pueden igualar, como si les ofendieran con superarles. Sin alas para elevarse hasta ellos, deciden rebajarlos; la exigüidad del propio valimiento les induce á roer el mérito ajeno. Clavan sus dientes en toda reputación que les humilla, sin sospechar que nunca es más vil la conducta humana; basta ese rasgo para distinguir al doméstico del digno, al ignorante del sabio, al hipócrita del virtuoso, al villano del gentil hombre. Los lacayos pueden hozar en la fama; los hombres excelentes no saben envenenar la vida ajena.

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