Los mosquitos líricos by Armando Palacio Valdés

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Otra de las grandes familias en que se divide la especie de los mosquitos líricos, es la de los filósofos o trascendentales. No tiene la misma fuerza reproductiva, y por consecuencia no es tan numerosa, pero en cambio es infinitamente más devastadora. El mosquito filosófico suele leer mucho, y está, por lo general, bastante enterado de las literaturas extranjeras; apunta cuidadosamente en un libro de memorias las frases brillantes y los pensamientos profundos y esmalta con ellos sus híbridos engendros; no es partidario del arte por el arte, ni gusta de la literatura frívola que sólo aspira a conmover y recrear; de las tres dimensiones de los cuerpos, longitud, latitud y profundidad, no admite más que la última. Es mucho más objetivo que sus colegas los sentimentales, y aun cuando manifiesta tendencias muy marcadas hacia el pesimismo, no llega a él por el camino puramente subjetivo y personal de aquéllos sino mediante el estudio reflexivo de los fenómenos y las leyes, por lo cual su pesimismo es siempre más lúgubre, más desgarrador, como que es el resultado lógico de un sistema, de un vasto y profundo concepto de la existencia. Desde niño se observa en él gran amor a lo general y mucho desdén por lo particular. Estas nobles aficiones le han perdido a menudo en los exámenes durante la segunda enseñanza: se empeñaba en contestarlo todo a ratione y en resolver las más arduas cuestiones de plano y según le dictaba su alto entendimiento. En historia natural salió suspenso, porque habiéndole preguntado las clasificaciones, contestó que él no admitía clasificaciones en la naturaleza, que el mundo debía considerarse siempre en su unidad indivisible y permanente, y que todas las clasificaciones estaban sujetas a cambios incesantes, según los progresos que se hicieran en el estudio de la materia. Los profesores de instituto (salvo honrosas excepciones), son más dados a lo temporal que a lo permanente, y el mosquito filósofo padece por esta causa muchos vejámenes en los albores de la vida.

Después de formada su opinión en lo que atañe a la existencia, al amor, a la religión, a la muerte, etc., etc., nuestro mosquito adopta la manera que le parece más interesante para zumbarla al oído del público. Unas veces se presenta con un escepticismo risueño y paradójico que parece decir a los lectores: «Yo no creo en nada, ni en Dios, ni en los hombres, ni en la madre que me parió, pero me gusta aprovecharme de las cosas buenas que en el mundo nos encontramos, como el amor, los buenos vinos, los paisajes bonitos, etcétera, etc., y vamos viviendo.» Su maestro es Campoamor, a quien imita no tan sólo en el pensamiento sino en la frase, expresando las ideas elevadas y abstrusas en forma llana y corriente, y así como el ilustre poeta, también él desciende a los pormenores vulgares de la existencia y se complace en describir lo pequeño e insignificante.

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