El cuarto poder by Armando Palacio Valdés — Read

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Los altos y graves negocios que embargaban a don Rosendo, no consintieron que dedicase al desagradable suceso que en el mismo tiempo turbaba la quietud de su casa, aquella atención preferente que en otra sazón le hubiese dedicado. Sin embargo, al tener noticia de la traición de Gonzalo y del extravío de su hija menor, sintióse fuertemente alterado. Tuvo con su esposa largas y vivas pláticas acerca del asunto. Prueba irrecusable de que los grandes hombres, aunque solicitados por tantos y tan elevados pensamientos, no desdeñan por eso las cosas que tocan a la vida íntima, como vulgarmente se asegura. Su primer impulso fué despedir a Gonzalo y encerrar a su hija en un convento. Las súplicas de doña Paula y la reflexión, que ejercía sobre su claro espíritu imperio absoluto, le hicieron volver sobre tal acuerdo. Al cabo de algunos días de dudas (pocos, porque otros cuidados le reclamaban), vino en permitir que se casasen los descarriados jóvenes, no sin celebrar antes una conferencia con Cecilia y escuchar de sus labios que perdonaba, de buena voluntad a su hermana, y deseaba que cuanto más pronto se celebrase el matrimonio.

Obtenido el consentimiento, una tarde se presentó Gonzalo en casa de Belinchón. Hacía quince días que no había estado en ella. Sentía el corazón singularmente agitado, aunque sus deseos tan cumplida y brevemente hubieran sido satisfechos. Temía la primera entrevista, y no le faltaba razón. Doña Paula le recibió con marcada frialdad, y hasta en los criados halló una sombra de hostilidad que le hirió. Por otra parte, la idea de encontrarse con Cecilia le hacía temblar. Mas cuando se presentó Venturita en la sala, todos los temores y tristezas se desvanecieron. Su charla animada, el suave centelleo de sus ojos, aquellos ademanes graciosos y desenvueltos iluminaron su alma repentinamente y tocaron en ella a gloria. Olvidado de todo y enajenado por el timbre adorable de su voz se hallaba, cuando entró en la sala Cecilia. La vista de su víctima le produjo una extraña y violenta impresión. Levantóse del asiento automáticamente. Su fisonomía cambió de color. Cecilia se acercó a él con paso firme y le alargó la mano con la misma plácida sonrisa de siempre.

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