El cuarto poder by Armando Palacio Valdés — Read

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Después de su ruidoso desafío, el esforzado Belinchón supo, aunque otra cosa afirmen algunos cronistas, gozar con modestia de la merecida fama y aureola que inmediatamente le circundaron. Quizá se fijen aquéllos para sustentar la opinión contraria, en haberse descubierto algunas provocaciones del insigne caballero a ciertos sujetos de la villa, no bastante justificadas. Mas al hacerlo, no tenían en cuenta que tales provocaciones vinieron, no a raíz del señalado acontecimiento que hemos narrado, sino algún tiempo adelante. En la historia, la cronología es siempre de importancia capital. Y en este particular de que tratamos, explica satisfactoriamente los actos de nuestro héroe.

Mientras duró en la villa la impresión del suceso, se le tributaron aquellas muestras de admiración a que era sin disputa acreedor. Sus mismos enemigos al verle pasar, le miraban con respeto, ya que no con simpatía. Entonces don Rosendo, en vez de abusar de su reconocida superioridad, como hubiera hecho otro hombre de menos esfuerzo y modestia, aparecía con un continente grave, sí, pero apacible, recorriendo las calles con el mismo sosiego y mesura que antes. Ejemplo notable de prudencia, que en vez de agradecérsele, sirvió para que se intentasen y perpetrasen contra él algunos desacatos. Por lo pronto, en el Camarote comenzó a hacerse chacota de tal desafío. Se ponderaba con intención malévola y exagerándolos, los saltos que el fundador del Faro había dado hacia atrás en el combate. Estas burlas, de las cuales, como puede suponerse, era el iniciador Gabino Maza, no permanecieron mucho tiempo en el recinto de la tertulia. Se extendieron por toda la población, de tal modo, que al cabo de algunos días una gran parte de sus habitantes sonreía irónicamente al oir hablar del famoso lance de honor. Don Rosendo traslució algo de esta befa, no sólo por los oídos, sino también por los ojos. Advirtió que en vez de las miradas respetuosas y de la cortesía que con él se usaba, comenzaban sus vecinos a adoptar una actitud grosera, haciéndose los distraídos o volviendo la cabeza cuando él pasaba. Al cruzar por delante de algún corrillo, creyó percibir risas comprimidas.

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