Explore "El cuarto poder" by Armando Palacio Valdés on Textopian. Read with annotations and highlights.
El Faro dedicó casi todo su número del jueves a cantar ditirambos al duque de Tornos. Publicó su biografía en la primera plana, describió en la segunda su entrada triunfal en la romería y el modo gallardo con que fué acompañado por las jóvenes más hermosas de la villa en medio de cantos y vítores. Insertó cerca de esta descripción unos versos con el mismo asunto de uno de los chicos de don Rufo. Por último, en la plana tercera, aún podían leerse dos o tres gacetillas referentes al egregio huésped. El Joven Sarriense se limitó a dar la noticia de su llegada en un gacetilla cortés y fría, titulada Bien venido. Pero a renglón seguido, y cogiendo la ocasión por los pelos, la emprendió como siempre a tajos y mandobles con sus enemigos. Figuraba el gacetillero que don Rosendo llevaba al Duque al Saloncillo y le iba presentando uno por uno los hombres más notables que allí se reunían. Con tal motivo se hacía innoble chacota de don Rudesindo, don Feliciano Gómez, Alvaro Peña, don Rufo, Navarro y otras respetabilísimas personas. Indignó la gacetilla en alto grado a todos los amigos de Belinchón, e hizo crecer en sus corazones el fuego de la venganza. Por lo bien escrita y malintencionada, achacábase comúnmente a Sinforoso Suárez.
¿Cómo? ¿Sinforoso no era el redactor principal de El Faro, el amigo fiel y edecán de don Rosendo? Ya no. Cerca de un año hacía que se apartara de sus antiguos amigos para ir a formar en las filas de los contrarios. Estos, sospechando la flaqueza de su carácter y las pasiones que germinaban en el fondo de su alma, le habían hecho la rosca, como vulgarmente se dice. Persuadiéronle, por medio de su padre y otras personas, de que unido a los del Saloncillo no haría jamás carrera; que atacando las ideas religiosas de la población no sería recibido en las casas respetables ni bienquisto de las damas. Al mismo tiempo procuraron engolosinarle con la perspectiva de un matrimonio para él muy brillante. La hija de un cuñado de Maza, era la joven que se le prometía vagamente. Al fin, con sorpresa y estupefacción de la villa, traicionó a sus amigos y protectores. De la noche a la mañana dejó la redacción del Faro y pasó a escribir en El Joven Sarriense. No fué impunemente, sin-embargo. La primera vez que tropezó con él Alvaro Peña en la Rúa Nueva, a las doce del día, le llenó de denuestos, y lo que es peor, le llenó la cara de dedos. La corrección fué tan vergonzosa, tan humillante, que Sinforoso, que no pecaba de bravo y altanero, concibió contra su verdugo odio feroz y un deseo punzante de venganza. Armándose de un palo de hierro que le facilitó su nuevo amigo Delaunay, esperó al ayudante en la esquina de la calle de San Florencio, y por detrás le arrimó un garrotazo en la cabeza que le hizo caer al suelo sin sentido. Transportaron a Peña a su casa y estuvo más de ocho días en la cama. Fueron inútiles los esfuerzos de sus amigos para obligarle a que diese parte a la justicia. A todo trance, como hombre irascible y arrebatado, quería tomársela por la mano, lo cual tenía sumamente medroso al agresor y bastante preocupada a la población. Contábase que el ayudante, mirando desde la cama por el balcón de su cuarto las tapias del cementerio, había dicho con acento de profunda convicción:-«El pobre Sinforoso no tajdará muchos días en dojmij allí para siempre.» Tales palabras produjeron gran sensación en la villa, porque se le suponía con arrestos para llevar a cabo el propósito. El efecto que hicieron en Sinforoso, no es para descrito.