El cuarto poder by Armando Palacio Valdés — Read

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Cecilia no volvería más. Comprendía la fealdad de su conducta. Arrepentíase de haber dado ocasión para que los enemigos de Gonzalo le injuriasen, dudando de la honradez de su esposa. Daba su palabra y hacía juramento solemne de que aquellas escandalosas citas nocturnas no se repetirían. Tal fué el recado que aquella noche trajo Ventura a su marido.

En los días que siguieron, éste no se mostró irritado, ni aun severo con la delincuente. Toda su cólera y malquerencia eran para el Duque. Le acusaba de haber abusado inicuamente de la confianza de su suegro para despertar en la pobre Cecilia pasiones que siempre habían estado dormidas. Tratábala con afabilidad, hasta con mimo, lo mismo que a un niño enfermo, queriendo persuadirla a que no había perdido nada de su afecto. Mas esta amabilidad era tan humillante para ella, veíase detrás un hombre tan satisfecho, tan alegre de su culpabilidad, que la joven la rechazaba con aspereza: no lograba, por muchos esfuerzos que hacía, aparecer sensible a tal generosidad. Encerrábase en su cuarto sin atender como antes al cuidado de las niñas: aparecía tan seria y reservada a las horas de comer, que llegó a despertar la atención de don Rosendo, con hallarse este gran patricio más que nunca absorto en la alta dirección de la batalla del pensamiento que se libraba en Sarrió. Y con la perspicacia que le caracterizaba, en seguida comprendió que se trataba de «un decaimiento físico y moral, procedente de la vida monótona de la aldea. La juventud pide lo suyo, y hay que dárselo».

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