Los papeles del doctor Angélico

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Entre los concurrentes asiduos a la Cervecería Escocesa, donde acostumbraba a tomar el café hace años, se contaba el coronel Barrios. Era un hombre corpulento, de facciones correctas y enérgicas, gran bigote entrecano y grandes ojos negros. Hablaba poco y acertado, y no solía mezclarse en nuestras discusiones literarias, que escuchaba sonriendo; pero cuando se tocaban puntos de ciencia o de filosofía, echaba su cuarto a espadas, demostrando que conocía las ciencias naturales y que meditaba sobre sus problemas. Mis apartes con él eran frecuentes, porque me placía mucho su grave amabilidad, la corrección de sus modales, la calma y la fuerza que transpiraba toda su persona.

Una tarde se discutió en la cervecería la cuestión de la inteligencia de los animales. Los unos, sostenían su diferencia cualitativa con la del hombre; los otros, su diferencia cuantitativa solamente. Había sido fuerte la disputa, y altas las voces. Cuando, al cabo, se deshizo la tertulia, quedamos solos delante de la mesa Barrios y yo. Aquél había tomado parte en la discusión, pero no en los gritos, pues aun en los momentos de mayor exaltación no le abandonaba la mesura. No obstante, a pesar de su calma y corrección, sostuvo, como de costumbre, ideas extremas. Porque Barrios era francamente materialista, a la moda antigua, sin paliativos ni distingos, como Vogt, como Büchner, como Haeckel. Quedamos los dos solos, repito, y permanecimos largo rato silenciosos. El coronel parecía hondamente preocupado por las ideas vertidas durante la discusión. Al cabo, sacando un cigarro puro y encendiéndolo, comenzó a hablarme en voz baja:

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