Los papeles del doctor Angélico

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Solía poner cátedra en un banco de piedra del paseo de la villa llamado el bombé, contiguo a la ría. En aquel banco y otros adyacentes se sentaban indefectiblemente por las tardes hasta una docena de indianos, que contemplaban fumando y silenciosos el escaso trajín del muelle, o bien departían animadamente narrando historias de sus años de comercio en las islas Antillas. Todos ellos habían estado en Cuba o Puerto Rico, y, unos más, otros menos, todos habían labrado un capital que disfrutaban holgando de aquella guisa. Eran hombres que pasaban, en general, de los cincuenta, fornidos, rechonchos, algunos apopléticos, con enormes cadenas de oro, para sujetar el reloj, pendientes del chaleco.

Pero el que solía llevar la palabra más a menudo entre ellos no era fornido ni rechoncho, sino un viejecito seco que se acercaría a los setenta, de nariz aguileña, finos labios descoloridos, ojos de duro mirar y espesas cejas ya canosas. Don Pancho Suárez, que así se llamaba, había llegado a la villa hacía más de veinte años con un buen capital, que había duplicado, al decir de sus compañeros, porque estaba soltero y era hombre de cortas necesidades y ahorrador. Muy respetado entre ellos por rico y por filósofo moralista.

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