Explore "Cuentos ingenuos: Genio y figura" by Felipe Trigo on Textopian. Read with annotations and highlights.
El triunfo del autor iba siendo evidente. Pero un triunfo de sumisión, que tenía algo de espantoso, como el del domador en la jaula de las fieras. El teatro parecía contener una sola alma anhelosa y vencida, que quitaba a los cuerpos la sensación de ahogo en aquel aire de polvillo de luz, impregnado de sudor y esencias, a cuyo través, y contrastando con la obscura e informe aglomeración de cabezas en el patio y los anfiteatros, se veían los escotes y los trajes claros en las explosiones brillantes de las cornucopias eléctricas, llenos de flores y destellos, con abanicos que los brazos desnudos movían en silencio, como guirnalda de mariposas.
En uno de ellos, en el segundo palco de la izquierda, con sus padres y su prima Berta, la burlona irresistible, estaba Angeles, la novia del autor, vestida de celeste, admirablemente peinada, con un esprit de plumas y una flecha de brillantes en el negro pelo, quizás demasiado rojos los labios y demasiado pintadas las ojeras en su carilla ideal de caprichosa, blanca como el cuello, de esa blancura de leche de la velutina. Callada y absorta, con una contracción nerviosa de triunfo en los labios, era, sin embargo, la única que no llevaba la ilación del drama. El codo, de guante blanco, en la balaustrada grana; el abanico en la barba, y la cabeza medio vuelta hacia la sala, donde seguía en una voluptuosa aspiración los estremecimientos del público, observándole, recogiendo sus latidos que acentuaban la expresión singular, un poco diabólica, de su sonrisa. De cuando en cuando flameaba en sus dormidos ojos de gata un relámpago de satisfacción: era que sorprendía unos gemelos mirándola; los pocos iniciados que asistían al teatro, habían extendido la noticia de que allí estaba la novia del nuevo autor, y la noticia rodaba de butaca a butaca, de palco a palco. y Angeles la seguía en sus zig-zag, y empezaba a sentirse heroina disimulada de la fiesta, flechada por aquellos anteojos, a los que si guiaba la curiosidad desde cada hermosura del drama, les contenía en arrobos de contemplación la belleza de la joven.