Explore "El médico rural" by Felipe Trigo on Textopian. Read with annotations and highlights.
Un mes después, cuando ya Esteban jugaba al sol alegremente con Luis y con Jacinta; cuando terminaba aquel tráfago de enfermos, aquella lucha sin reposo con que afrontó las epidemias., pudo darse cuenta de lo enorme de su triunfo.
A sus libros, a su aplicación, a su tenaz constancia en el trabajo, al rígido concepto de su dignidad y sus deberes, debíanle la existencia muchos niños y muchos atados por la fiebre, y, sin embargo, habían vuelto a cruzar las calles diez o doce entierros. De éstos, sólo uno correspondió a un cliente que a Esteban recurrió casi en la agonía, traspasado del médico de Orbaz; los otros, empezando por el tío Marín el Disparao y por Rigodón, y siguiendo por una jovencita, por tres o cuatro mocetones y por unos cuantos chicos a quienes hubo de ahogar la difteria entre mantas de algodón y cataplasmas, fueron víctimas de la torpeza del médico -que así en la competencia entablada por él mismo, y a pesar de su antigua amistad con estas gentes, cayó al descrédito con plena rapidez desde lo alto de la autoridad de su caballo y de sus fachendas de cacique y de gordo labrador y ganadero. Una tarde, delante del último ataúd, se le vio partir en fuga; el potro conducíale a Orbaz tan briosamente como le trajo tantas veces; pero él iba con menos gallardía. Preocupado con los cerdos y los campos, aunque ansioso de aumentarse las ganancias, no importara cómo, en las visitas, debía de desconocer los baños, los sueros e inyecciones, los preciosos sistemas curativos de que al principio maldijo y se mofó, sabiendo que Esteban los usaba.