Read "Papá Goriot" by Honoré de Balzac online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Al día siguiente, Goriot y Rastignac no aguardaban más que la buena voluntad de un mozo de cuerda para marcharse de la pensión, cuando, hacia el mediodía, el ruido de un carruaje que se detuvo precisamente a la puerta de Casa Vauquer resonó en la calle Neuve-Sainte-Geneviève. La señora de Nucingen se apeó de su coche y preguntó si su padre se hallaba aún en la pensión. Ante la respuesta afirmativa de Silvia, subió rápidamente la escalera. Eugenio se encontraba en su apartamento sin que su vecino lo supiese. Durante el desayuno había rogado a papá Goriot que se llevara sus efectos, diciéndole que se encontrarían a las cuatro en la calle de Artois. Pero mientras el buen hombre había ido en busca de unos mozos de cuerda, Eugenio había regresado, sin que nadie lo hubiera advertido, para arreglar sus cuentas con la señora Vauquer, no queriendo dejar este encargo a Goriot, el cual, en su fanatismo, habría pagado sin duda por él. La patrona había salido. Eugenio subió a su aposento para ver si acaso olvidaba algo, y felicitóse por haber tenido tal idea al ver en el cajón de su mesa la aceptación en blanco que había firmado a Vautrin, y que había tirado negligentemente allí el día en que la había pagado. No teniendo fuego, iba a romperla a pequeños trozos cuando, al reconocer la voz de Delfina, no quiso hacer ningún ruido y se detuvo para oírla, pensando que ella no había de tener ningún secreto para él. Luego, desde las primeras palabras, encontró la conversación entre padre e hija demasiado interesante para no escucharla.
-¡Ah!, padre mío -dijo-, quiera el cielo que hayáis tenido la idea de pedir cuentas de mi fortuna con tiempo suficiente para que no quede arruinada. ¿Puedo hablar?