Explore "Cuentos de invierno" by Ignacio Manuel Altamirano on Textopian. Read with annotations and highlights.
Como quiera que sea, al acabar de hablar esta vez Julia, yo me sentía más subyugado aún que antes. Aquella naturaleza enérgica y ardiente influía en mi alma de una manera irresistible; Julia era la mujer de mis sueños; esa mujer hermosa, inteligente, apasionada, que yo había evocado con frecuencia en mis delirios de joven y que se me había aparecido también, divina creación de mi fantasía ardorosa, bañándome con las llamas de su mirada, haciendo estremecer mi pobre corazón con las promesas de su sonrisa, iluminando mi existencia oscura y pobre, con todas las esperanzas del amor y de la felicidad.
¡Oh, sí! Julia era mi ideal: una mujer-leona incapaz de someter su cuello de reina a las cadenas de ninguna servidumbre; incapaz de sacrificar su corazón como una hostia impura, en aras de ningún interés miserable; bastante soberbia para romper y hollar bajo sus pies de diosa esos grillos que se llaman las exigencias del mundo. Julia quería ceñir su altiva y blanca frente, no con la corona de oropel que alarga la mano arlequinesca de la preocupación, sino con la corona de azucenas que la conciencia invita a aceptar de mano de la virtud verdadera, de esa virtud que desprecia el certificado de la sociedad, porque cuenta con el sello de Dios.