Cuentos de invierno by Ignacio Manuel Altamirano

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Llegué a México y me propuse no preguntar nada acerca de Julia. Pero el primer día que salí, que fue el segundo después de mi llegada, iba yo bien triste, por cierto, atravesando, a eso de las tres de la tarde, el espacio que hay de la que es hoy esquina del café de la Concordia a la esquina de la Profesa, cuando tuve que detenerme para dejar pasar un magnífico carruaje tirado por dos caballos frisones y que venía de la calle de San José el Real con dirección a la del Espíritu Santo. Miré, como era natural, a las personas que venían dentro, y el corazón me dio un salto. Allí venía Julia, hermosa como un ángel, lujosa como una reina. Bajé los ojos y me aparté estremeciéndome, como si tuviera miedo. Ella me vio también y dejó escapar un ligero grito; los caballos iban con rapidez; pero Julia se asomó a la portezuela para mirarme, y en el momento en que yo volvía la cabeza para seguir con la vista el carruaje, ella me saludó; un momento después vi que el carruaje se detenía; pero sea por un sentimiento de orgullo o de temor, yo atravesé a pasos apresurados la calle de la Profesa y di vuelta en el momento por el callejón de Santa Clara. Como era de suponerse, no me siguieron.

Pero aquel incidente me hizo olvidar mi propósito y entonces comencé a preguntar a mis amigos lo que sabían acerca de Julia. Contáronme que la joven era a la sazón una de las lionas de México; que se sabía que era la hija de una familia opulenta de Puebla, que por ciertos disgustos con su padrastro se había venido a vivir a esta ciudad en compañía de otra familia de parientes suyos (lo de la fuga y la ida a Taxco se ignoraba); que frecuentaba los mejores círculos, asistía a los grandes bailes, concurría al teatro y estaba rodeada de adoradores, atraídos por su belleza como por la fama de su herencia. Esto se comprendía fácilmente. Aquí, como en todas partes, apenas aparece una mujer que se dice es rica heredera, cuando se precipitan a sus plantas los muchachos ricos y los muchachos simplemente buenos mozos, que todos son una especie de catadores de minas, sin corazón, para quienes la virtud y la belleza consisten nada más que en el filón de oro. Julia era rica, y he aquí que, previo cálculo sobre su dote, la rodeaban e idolatraban dos docenas de tontos vestidos a la derniere. Sin embargo, parecía que ella no había preferido a ninguno de ellos.

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