El zarco by Ignacio Manuel Altamirano — Read

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Tan pronto como la joven perdió de vista a su amante, se apresuró a bajar del cercado por la escalinata natural que formaban las raíces del zapote, y se encaminó apresuradamente hacia un sitio de la huerta, en que un grupo de arbustos y de matorrales formaban una especie de pequeño soto espeso y oscuro a orillas de un remanso que hacían allí las aguas tranquilas del apantle. Luego sacó de entre las plantas una linterna sorda y se dirigió en seguida, abriéndose paso por entre los arbustos, hasta el pie de una vieja y frondosa adelfa que, cubierta de flores aromáticas y venenosas, dominaba por su tamaño las pequeñas plantas del soto. Allí, en un montón de tierra cubierto de grama, la joven se sentó, y alumbrándose con la linterna, abrió con manos trémulas y palpitando de impaciencia las tres cajitas que acababa de regalarle el bandido.

-¡Ah, qué lindo! -exclamó con voz baja, al ver un anillo de brillantes, cuyos fulgores la deslumbraron. ¡Eso debe valer un dineral! -añadió sacando el anillo y colocándolo sucesivamente en los dedos de su mano izquierda, y haciéndolo brillar a todos lados. ¡Si esto parece el sol!

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