De tal palo, tal astilla by José María de Pereda

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El cuadro que alumbró la luz que introdujo en la alcoba don Lesmes era poco risueño. He aquí sus figuras y principales accesorios: un lecho revuelto, y en él un cuerpo humano devorado por la fiebre. El cuerpo era de mujer, y de mujer de hermosas facciones, aunque a la sazón alteradas por el fuego de la calentura. Tenía la cabeza en escorzo, con la boca en lo más alto de él; y el óvalo gracioso de la cara recortábase en un fondo de enmarañadas guedejas de cabellos grises, desparramados sobre la almohada. Jadeaba la enferma; y las ropas del lecho alzábanse y descendían al agitado compás de una respiración fatigosa y sibilante, como si al llegar el aire a los resecos labios atravesara mallas de alambre caldeado.

Sentada junto a la cabecera de la cama estaba una joven de cabellos rubios y cutis blanquísimo, con los brazos cruzados bajo el pecho de gallardo perfil, y con los azules, rasgados ojos, velados por las lágrimas, fijos en el rostro de la enferma, y atenta a los menores movimientos de su cuerpo.

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