De tal palo, tal astilla by José María de Pereda

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Mientras el doctor se acercaba a su casa por el camino de la hoz, por el opuesto subía, con igual rumbo, otro viajero, también a caballo. Hubiéranse hallado frente a frente en lo alto de la meseta, pues casi a igual distancia de ella caminaban, si no lo hubiera impedido un grupo de árboles y malezas que ocultaron al doctor al acabarse el recuesto que iba subiendo poco a poco. Así es que cuando apareció en lo despejado, el otro, sin haberle visto, estaba apeándose en el patio del caserón o, como si dijéramos, dentro del rastrillo de la fortaleza. Era el tal viajero, gallardo mozo, ligeramente moreno, pálido, con el pelo, los ojos y el bigote negros como una endrina, y los dientes blancos como la porcelana; cabeza, en una palabra, de árabe de teatro, hasta con su desdeñosa melancolía. Vestía un elegante y cómodo traje de camino, y a la legua se echaba de ver que no eran las rústicas asperezas de Perojales las que producían tantos refinamientos y gallardía en una sola pieza.

Llegó el doctor en esto; y en cuanto le conoció, arrojóse del caballo que montaba, no sin que el joven le viera y se lanzara a su encuentro. Abrazáronse estrechamente.

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