De tal palo, tal astilla by José María de Pereda

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Al mismo tiempo que Fernando abría el postigo de la portalada para salir del corral, iba a entrar en él don Sotero. Halláronse, pues, a frente y a media vara de distancia, los dos personajes. Fernando retrocedió como si hubiera pisado una culebra. Don Sotero, con la cabeza gacha, según su costumbre, después de detenerse un rato, como para ceder el paso al joven, díjole, mirándole al mismo tiempo por debajo de la espesura de sus cejas:

-No me pesa verle a usted bueno, caballerito.

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