De tal palo, tal astilla by José María de Pereda

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Amaneció el día encapotado y brumoso. Las nubes acumuladas sobre los más altos picos descendían lentamente, como si las montañas tiraran de ellas para cubrirse los pies; y así fueron arrebujándose poco a poco en la densa envoltura, hasta desaparecer por completo debajo de ella. Luego comenzó a caer sobre el valle una llovizna tenue y sosegada, como espeso rocío. Recibiéronla los prados, sedientos con el calor de la víspera, con la fruición voluptuosa del chino que fuma su pipa cargada de opio; hasta que, saturados de ella, como verdaderos borrachos, inclinaron la cabeza soñolientos, y fueron acostándose las verbenas sobre el llantén, el trébol sobre las verbenas, y las centauras sobre el trébol. Una hora después apareció, sin saberse por dónde, un remusguillo juguetón que la emprendió con las nieblas del valle; y soplando aquí y allá, hízolas refugiarse en la montaña; abrió por las cimas más altas algunas rendijas en las densas veladuras; introdujo por ellas sus rayos el sol; y a su contacto, los dispersos jirones blanquecinos reuniéronse en fantásticas moles, y fueron rodando monte arriba, sobre brañas y barrancos, hasta desvanecerse detrás de las cordilleras en el azul intenso del espacio. Entonces aparecieron los campos como desperezándose bajo un pesado velo de perlas y diamantes; y a medida que el sol iba bebiéndole, levantaban las flores la cabeza y abrían el rico broche de sus perfumes, que el blando terral esparcía por todos los ámbitos del valle, en cuyas arboledas entonaban sus mejores cánticos los ruiseñores y los jilgueros; y brillaban aún las trémulas cristalinas gotas de la pasada llovizna.

En tal hora dejó Fernando los blandos colchones de su lecho, y se vistió con la pulcritud que en él era una necesidad, si bien con la holgura propia del lugar en que se encontraba. Desayunóse apenas, y salió al campo a disipar la lobreguez de sus pensamientos con la fragancia y el esplendor de un día tan hermoso.

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