Explore "El sabor de la tierruca" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Alzábase la iglesia de Cumbrales sobre un tumor del terreno, ó montículo de roca viva, mal cubierto de menuda y fragante vegetación, que, á modo de manta de pobre, roída y desgarrada á trechos, por los agujeros y desgarraduras dejaba asomar las que pudieran llamarse coyunturas del peñasco. Era éste de suave y bien entendido acceso por todas partes, y ocupaba el centro de una llanura, especie de plaza circundante, cruzada de camberas y senderos que partían el rústico suelo en caprichosas porciones geométricas. De éstas, unas estaban pobladas de árboles, no muy corpulentos, pero de ancha copa; otras, las de mayor relieve, adornadas de espesas cenefas de zarzas y saúco, y todas ellas tapizadas de fino y apretado césped, sobre el cual descollaban, aquí y allá, la menta silvestre, el enano poleo, la malva bienhechora y el desabrido cardo. Hubiera sido este pintoresco espacio algo como lo que hoy se llama un parque á la inglesa, con caminos menos ásperos y pedregosos, y sin las ortigas y jaramagos que hacían ingrato y peligroso al tacto lo que seducía y enamoraba á los ojos.
Ocupaba parte de uno de los lados menores de esta plaza, que tendía á la forma rectangular y se llamaba en Cumbrales Campo de la Iglesia, la taberna, con su corro de bolos á la trasera, encajado entre cuatro paredillas que se saltaban de un brinco, y éstas y el corro encerrados en sendas hileras de añosos álamos que amparaban del sol en verano á los jugadores, y no los privaban de su dulce calor en las breves tardes del invierno. Otro lado, de los mayores, al Mediodía, le formaban, aunque con muchas sobras de terreno, las casas consistoriales y la escuela pública; y los dos restantes, al Saliente y al Norte, huertos y corrales de la barriada principal, que tenía tres salidas á la plaza por este último lado.