Explore "Gonzalo González de la Gonzalera" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Don Lope del Robledal de los Infantes de la Barca, Ceballucos y la Portillera, heredó, con el no muy esponjado mayorazgo de su padre, la carga de un segundón mal avenido con su suerte, vidrioso de carácter, algo jugador de naipes, un si es no es mocero y muy poco madrugador. Don Lope era todo lo contrario: levantábase al alba, no se le conocía el más pequeño desliz amoroso, y jamás tomó las cartas en sus manos; su genio era igual e inalterable, aunque, como los cardos agostados, áspero y seco a todas horas y por todas partes, y nunca mostró afán de poseer más de lo que le cupo en herencia. Verdad es que sin la carga de su hermano hubiera tenido con ello hasta de sobra, porque era parco y poco escogido en la comida, aborrecía el vino, y con decir que se calzaba y se vestía en Coteruco, dicho queda cómo se vestía y cómo se calzaba. En cambio era un fumador terrible en toda la extensión de la palabra, pues fumaba de lo pasiego en pipa de barro, y no se quitaba la pipa de la boca en todo el santo día de Dios; es decir, que tumbaba al hombre de más bríos, que sin precaución se le acercara. Había aprendido a leer y a escribir regularmente en la escuela del pueblo, y desde entonces sólo usaba lo primero para repasar el catecismo y recrearse en el Quijote, que sabía de memoria, y lo segundo para ajustar las cuentas a sus renteros.
Era alto, robusto, de hermoso y varonil semblante, bien encajado entre una espesa barba y una recia y tupida cabellera, de ordinario rapada. Había en toda su persona, no obstante el desaliño con que la ataviaba y la rudeza de su trato, cierta noble marcialidad que, el decir de sus convecinos, revelaba la madera de la casta. Jamás salió del valle nativo; y en él fue siempre su principal distracción subir a Carrascosa y sentarse a horcajadas en un escueto peñasco que avanza tres varas sobre el río, y estarse así las horas muertas fumando su pipa y contemplándole deslizarse a cuarenta pies bajo los suyos, o arrojando astillitas al torrente para ver cómo el agua las sorbía en un punto y las escupía más abajo. Sin duda por lo que el hidalgo le montaba, era conocido aquel peñasco, y aún lo es, en Coteruco, con el nombre de Potro de don Lope. Gustaba también de hacer largas excursiones por los montes circunvecinos, acompañado únicamente de su pipa y de un garrote; y era preciso que nevara mucho y que las huellas del oso se vieran en las cañadas más próximas, para que él se animara a llevar la escopeta. Para hallarle en casa, fuera de las horas de comer y de dormir, había de llover a cántaros; y en tales casos era ocioso preguntar por él, porque no soltaba el Quijote de las manos. Decíase que era muy caritativo; pero no se le podía probar bien esta virtud, supuesto que, llevado de la aspereza de su carácter, echaba las limosnas por debajo de la puerta del necesitado, y ¡ay del que fuera a darle las gracias creyéndole autor del beneficio!