Explore "Gonzalo González de la Gonzalera" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Pasaron días, y todo era calma y tranquilidad en Coteruco. El Estudiante parecía un modelo de juicio y de cordura: a cada veinticuatro horas se presentaba al alcalde, como le estaba ordenado, y se le veía muy de continuo con don Gonzalo en el jardincillo de éste, matando lumiacos y caracoles, o ayudándole a preparar terreno al abrigo de nortes y vendavales, para hacer semilleros. Alguna que otra vez paseaba con Gildo por la mies; pero lenta y sosegadamente, sin los aspavientos y manoteos que eran en él señales infalibles de que andaba a vueltas con sus filosofías enrevesadas y sus políticas tumultuosas. Patricio, consagrado con rara asiduidad a sus industrias, era una malva; Gildo acompañaba a su padre cuando no paseaba pacíficamente con Lucas; y en cuanto a don Gonzalo, notorio era en el pueblo que sólo se preocupaba con adquirir tierras y ganados para darlos en renta y en aparcería, con ventajas inusitadas en el valle para llevadores y aparceros. Ni siquiera visitaba a Osmunda, o lo hacía muy de tarde en tarde, motivo por el cual hasta la infanzona había puesto freno a su lengua y hecho un alto en su fiebre difamadora.
La entrada de la Cuaresma no contribuyó poco a esta calma extraordinaria del ya, de suyo, calmoso y apacible vecindario de Coteruco. Era allí costumbre tradicional celebrar durante ese tiempo y en las primeras horas de la noche, cristianos ejercicios en la iglesia, con los cuales, compuestos de pláticas, rosario y examen de catecismo, preparaba el párroco a sus feligreses para el cumplimiento pascual. Por eso la entrada de la Cuaresma era la señal de cerrarse (como diría un revistero elegante de los salones de Madrid) la distinguida cocina de don Román.