Gonzalo González de la Gonzalera

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La noticia de que se añadía un carnero a la becerra y se hacía un proporcionado aumento de convidados al festín de la Pascua, se extendió rápidamente por el pueblo y llevó nuevos y no pocos espectadores al partido, con lo cual el escándalo acabó de penetrar en los pacíficos hogares de Coteruco. Eran allí todas las mujeres partidarias decididas de don Román, que tenía a raya los vicios de sus maridos; sabían lo que en la taberna se trataba delante de éstos, y los veían llegar a deshora de la noche, y no siempre en sus cabales. Reprendíanlos ellas, murmuraban ellos; y como los más crédulos o suspicaces dejaban traslucir las sugestiones de que iban henchidos, la indignación de las mujeres crecía, y llegaba al apóstrofe seco y punzante; el apóstrofe provocaba una réplica brutal, la réplica un lamento, el lamento la disputa, y la disputa arañazos y repelones más de dos veces. Algo se reflejaba de estos desacuerdos domésticos en la mies al otro día (andábase, a la sazón, en las faenas de la siembra); algún cuchicheo se notaba el domingo en el corro; pero podía asegurarse que, de tejas afuera, el respeto a don Román sellaba todavía los labios e impedía toda manifestación irreverente, hasta en los autores del infame complot. De todas maneras, lo que estaba sucediendo en el pueblo era por todo extremo alarmante, y aumentaba en gravedad de día en día: la taberna parecía absorbente vorágine que se engullía a los hombres de Coteruco en cuanto salían dos pasos más allá de los umbrales de sus puertas.

En la noche a que en este capítulo nos referimos, no se veía a los cuatro jugadores, ni el velón que los alumbraba sobre el tosco tablero de roble que servía de mesa: tan circuídos estaban de curiosos. Amontonados unos sobre otros, de puntillas los más bajos, estirando todos el pescuezo y abriendo mucho los ojos y la boca, trataban de leer en los mugrientos naipes lo que ligaba cada uno, o quién envidiaba en falso, o quién se caía con treinta y ocho, o quién aceptaba el resto con veinticinco, sabiendo, por discretísima seña del compañero, que había cuarenta redondas en el mano. Real y positivamente lo entendían aquellos cuatro jugadores. Cada envite era una emboscada, y un prodigio de previsión cada caída. Estos atractivos y el inaudito valor de lo jugado, daban a la partida un interés incalculable. Además, Patricio hablaba como un sacamuelas, y siempre fue muy celebrada en el pueblo su garrulidad; Barriluco no cantaba un punto ni tendía una sota sobre la mesa, sin traer a cuenta los resbalones de algún notable; Facio echaba la culpa de sus golpes desgraciados a los deslices del cura, y Polinar se jactaba, en son de burla, de no apurarse por las pérdidas, porque cerca estaba don Román para sacarle de apuros «con su cuenta y razón», como había sacado en su día a Barriluco; el cual, a instancias de Facio, contó el episodio de la caldera y desmintió en redondo que se la hubieran devuelto a su mujer con dinero encima, jurando, por aquellas cruces que hacía con los dedos (un poco torcidas, eso sí), que para rescatarla tuvo que vender uno de la vista baja (con perdón de los oyentes) y un celemín de fisanes.

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