Gonzalo González de la Gonzalera

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Reflexiónese un instante sobre lo que significa guisar una becerra, por pequeña que sea, y un carnero, aunque no peque de grande, y servir la masa resultante en múltiples y variados condumios, a sesenta convidados, en una taberna de aldea, con su ajuar mezquino y a mucha distancia de un mercado en que surtirse de lo más indispensable para cumplir tan difícil cometido, y se comprenderá lo que se revolvió en Coteruco desde ocho días antes del acontecimiento.

La Semana Santa fue un incesante escándalo. Por de pronto, el pueblo entero estuvo pendiente del festín de la Pascua; y público fue que no cumplieron con ella muchísimos de los que jamás habían faltado a este precepto; como lo fue también, con asombro de propios y extraños, que el Ayuntamiento no tuvo a bien acercarse al confesionario, quebrantando así la tradición inalterada en Coteruco desde que los nacidos se acordaban. Por ser muchos los solicitantes, hubo siempre que sortear entre ellos doce rollizos mocetones que cargasen con los dos pasos de la procesión del Jueves Santo; pues en la ocasión de que se trata, a duras penas, y muy rogados, halló don Frutos ocho, harto desiguales y no muy forzudos, que cargasen con la Oración del Huerto y Jesús atado a la columna, cuando al tabernero se le estaba brindando, para ayudarle, lo mejor de cada casa. ¡Qué más! hasta Toñazos el de la Callejona armó de mala gana el esqueleto del Monumento, dejándole inseguro y desnivelado porque tuvo que invertir toda la semana, complacidísimo, en arreglar con tablones, parte de ellos arrancados de sus propias pesebreras, la mesa del festín en el piso alto de la taberna. Díjose también que el mayordomo de la iglesia no trabajó lo necesario para buscar las mejores colchas para el Monumento; y es averiguado que por no haberse atrevido a pedírselas, como de costumbre, a don Román, ni a encargar a Magdalena el adorno de la almohada de la Cruz, estuvo aquél deslucido como nunca.

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