Explore "Gonzalo González de la Gonzalera" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
No necesito hacer grandes esfuerzos, seguramente, para que el lector se persuada de que la bacanal de la Pascua causó a don Román una amarguísima pesadumbre. Era vanidad lícita la que él tenía en considerar aquel pueblo, morigerado y feliz, como obra suya. A ella se había acostumbrado a ver en cada labrador un hijo que necesitaba sus cuidados y sus desvelos, y se los dedicaba con la incansable abnegación de un padre. ¡Y todo aquel edificio, levantado a costa de tantos esfuerzos, se desplomaba en pocas horas, socavados sus cimientos por la piqueta alevosa de cuatro miserables!
Pero si todo esto era triste para su alma generosa; si el corazón se le desgarraba al ver cómo aquellos desgraciados iban, paso a paso, acercándose al abismo; si la ingratitud de todos ellos, aunque no le sorprendía, le atormentaba, ¿qué no sentiría el noble caballero cuando se vio insultado por una turba de borrachos, que antes fueron hombres de bien y objeto de su cariño, y que, a la sazón del agravio, aún le debían hasta la camisa que llevaban puesta?. Dudó de sus propios oídos y hasta de su razón. ¡Tan enorme juzgaba el atentado! Quiso convencerse de que aquellos improperios y aquellas groserías e indecencias, arrojados a su nombre por discordantes y tartamudas voces, eran alucinación de sus sentidos; que tantas inmundicias como el silencio de la noche introducía en su hogar por huecos y rendijas, no eran lanzadas en son de afrenta por los hombres que habían aprendido en su cocina a ser honrados y felices; y abrió una ventana. El ruido que produjo fue el que dispersó a la ebria muchedumbre. Al sentir sus pasos atropellados y percibir los bultos sustrayéndose, en la densa obscuridad de los callejones inmediatos, al poder maravilloso de sus pupilas, no le quedó la menor duda de que no le engañaban los sentidos. ¡Los miserables que le habían insultado eran aquellos que corrían como ladrones sorprendidos en el crimen!