Explore "Gonzalo González de la Gonzalera" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Aquella noche estuvo rechispeante. Era domingo, y además había sucesos nuevos y graves en el pueblo. Como domingo, la concurrencia fue mayor que de costumbre; más metida en vino, más hedionda por consiguiente, más pegajosa, más inquieta, más soez y más grosera; como día de sucesos gordos, la curiosidad excitada, los ánimos vidriosos, la suspicacia en el disparadero; los tímidos, atrevidos, y los atrevidos, procaces.
El local no era grande; los techos muy bajos; el suelo, con media pulgada de basura, y las paredes, con lamparones y telarañas. En una de las laterales se alzaba un púlpito que, por decreto de la Junta, se había llevado allí de la ermita de San Roque; en la testera, una mesa; sobre ésta una vela de sebo en palmatoria de barro, un tintero de cuerno, un cuadernillo de papel, un jarro y un vaso; detrás de la mesa, dos sillas; alrededor de la sala, bancos, maderos y cajones boca abajo. El púlpito era para los oradores; las dos sillas, para el presidente y el secretario, y en los asientos del contorno se acomodaba la gente. Por una puerta frontera a un antepecho que daba al corral, por donde el tabernero, en tiempos «ominosos» empayaba la yerba del agosto, se pasaba al pajar vacío, que, como queda dicho más atrás, servía, por disposición de Lucas, de salón de conferencias, aunque rara vez le usaba nadie fuera del estado mayor; pues la masa popular todo lo hacía en el club, muy a sus anchas.