Gonzalo González de la Gonzalera

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En casa de Patricio se trataba, a la misma hora, de los propios asuntos que en la de Carpio; sólo que en el método se procedía a la inversa; es decir, se empezaba por lo del club, porque, en opinión del hijo de Rigüelta, este capítulo revestía mayor interés que el del viaje a la ciudad.

Gildo, machacado, triste y rencoroso, contó a su padre cuanto había pasado la noche antes, fijando mucho su atención en que las agresiones y el cisma hubiesen partido de dos personas como Toñazos y Chisquín, ambas procedentes de la cocina de la otra casa; jefes, una vez sacados de ella por la conspiración, de todos los reclutados en el mismo campo, y los más fervorosos partidarios de la flamante situación, aun mucho después de proclamada la farándula en Coteruco. Este síntoma, con otros que el mozuelo venía notando desde algún tiempo, como el desprestigio de su padre y de don Gonzalo, le demostraban que la indisciplina más anárquica iba asomando la oreja allí, y que el hato de borregos, tan dócilmente conducidos hasta entonces, se transformaba en tropel de bestias bravías, muy dispuestas a devorar a sus pastores. Por último, la actitud de don Lope en los sucesos de la víspera, cuyos detalles tremendos enumeré Gildo, acabaron de dar al cuadro, por él descrito y juzgado, un tinte lúgubre y fatídico.

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