Explore "Gonzalo González de la Gonzalera" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Largos días pasaron sin que la población de Coteruco viera disiparse aquella nube negra, sofocante y abrumadora que cayó sobre todos los ánimos el infausto día más atrás historiado. Muchos, aunque lo confesaban muy bajito, creyendo así ensañarse menos en la memoria de los muertos, pensaban que la mano justiciera de Dios había andado en el asesinato de Patricio; otros sostenían que sus faltas, aunque grandes y muchas, no merecían tan bárbaro y sangriento castigo, porque con algo menos se hubiera satisfecho la justicia humana si le hubiera residenciado; quién tomaba un poco de ambos pareceres, y quién no manifestaba ninguno, aunque todos convenían en compadecer al muerto y encomendarle a Dios. ¡Pero don Frutos! ¡El bondadoso sacerdote, cosido a puñaladas en premio de la generosidad con que se lanzó al peligro para proteger al débil! En este crimen había circunstancias que espantaban al pueblo: había inhumanidad, barbarie, como en el cometido en Patricio, y, además, sacrilegio; y el cielo no podía menos de fulminar su maldición sobre el rebaño que, pudiendo, no había librado a su pastor de las garras del tigre.
Esta creencia y los comentarios a que daba lugar, más el recuerdo del cadáver de Patricio; de la aparición de don Román con el cuerpo ensangrentado del párroco a las espaldas; del aspecto de Polinar al encaminarse a la taberna después de el doble crimen, erizado el áspero cabello, cárdeno el semblante extraviada y torva la vista, robaron el apetito y el sueño a aquellas gentes, y en muchos días no se oyó un grito en Coteruco, ni despachó el tabernero dos raciones, ni por el club apareció nadie.