Nubes de estío by José María de Pereda — Read

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Como en la escalera no había otra luz que la del mechero de la meseta del segundo piso, donde estaba el domicilio de La Alianza Mercantil e Industrial, para, etc., etc., el acaudalado Brezales tuvo que subir a tientas y con tropezones los primeros tramos, bisuntos, desnivelados y estrechos, y acometer después, con las manos por delante, los retorcidos corredores de la casa, porque de la luz del mechero, aunque estaba abierta de par en par la puerta de ingreso, no alcanzaba al interior más claridad que la estrictamente necesaria para que viera el entrante lo denso de las tinieblas en que se zambullía. Envuelto ya en ellas don Roque, comenzó por arrimar su abrigo de verano a la pared, creyendo que le colgaba de la percha, que debía de estar por allí, sobre poco más o menos; y guiándose después por el rumor de las conversaciones de los consocios que se le habían anticipado, pudo llegar al salón que buscaba, sin detrimento grave de su respetable persona.

El tal salón era relativamente espacioso y estaba empapelado de obscuro, por lo que no alcanzaban a ponerle a media luz las de seis medias velucas que se quemaban en dos candeleros de zinc bronceados, que había sobre la mesa presidencial, de modesto cabretón en blanco, con tapete verde, y en dos palomillas de hojalata, contiguas a las jambas de la puerta. La mesa de cabretón, tres sillas adjuntas a ella y como cuatro docenas más arrimadas a las paredes, componían el pobre, pero honrado ajuar de aquella estancia y de la casa entera, alquilada por lo más granado y pudiente del comercio y de la industria, etc. de aquel rico pueblo, para tratar, con el necesario reposo y la debida comodidad, los asuntos enderezados al «fomento y desarrollo de los intereses locales.» Cuando se constituyó la sociedad, el presidente (cuya elección fue una verdadera batalla, porque las falanges de Brezales, que le disputaba el campo, lucharon como leones), que era hombre de buen gusto, y otra docéna de «despilfarrados» como él, trataron de vestir y de alumbrar el local con cierta decencia, que, cuando menos, le hiciera algo llamativo, ya que no resultara, ni con mucho, en consonancia con el esplendor de sus altos destinos. Pero se presentó en la primera junta general un voto de censura fulminante contra los atrevidos, alegando los proponentes, entre otras cosas, que allí no se iba a hacer vida muelle y regalona a expensas de nadie, sino a trabajar y a desvelarse por el bien de todos; por el «fomento y desarrollo de los intereses locales;» que todos estos trabajos y desvelos estaban reñidos con los perfiles del lujo, sin contar con que el comercio, el verdadero comercio, el comercio de los sudores y de los honrados afanes, era de suyo modesto, sencillo y, si bien se miraba, hasta un poco desaliñado y grasiento; que, después de todo, ¿qué más daba una banqueta de pino desnudo, que un sillón de terciopelo; una araña de treinta luces, que un candil de cocina? ¿Tenían algo que ver estas chapucerías de damisela con los importantes asuntos que iban a ventilarse en la casa de La Alianza Mercantil e Industrial, para el fomento y desarrollo de los intereses locales? Vela más, colgajo menos, ¿daban ni quitaban razones en los debates que pudieran promoverse allí? Hubo entre los agredidos de este modo quien se atrevió a replicar humildemente (en vista de que estaba con los suyos, para aquellos y otros análogos particulares, en una insignificante minoría), que bien que el cogollo y nata de los acaudalados de la famosa plaza mercantil se sentara, para celebrar sus juntas más importantes, en banquetas de pino, o en el suelo y hasta en cueros vivos, como los guerreros de Campolicán, si esto les parecía más cómodo y más barato, y hasta les engordaba; pero en cuanto al alumbrado, ¿por qué no había de aumentarse, siquiera con una libra de bujías, cuando las juntas se celebraran de noche, para no entrar a tientas por los pasillos y poder verse las caras los socios en el salón? Así como así, con el aumento de bujías y todo, no llegaría la cuota mensual de cada socio a media peseta.

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