Nubes de estío by José María de Pereda — Read

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Al fin tuvo Irene que acudir a la ayuda de Rita para acabar de peinarse; pero después de haber rebasado el sol un buen trecho de las alturas del mediodía: no hallaba manera de cogerse el pelo por sí sola, como le cogía en las contadas ocasiones en que Petrilla no la peinaba; las dos se peinaban mutuamente, y ninguna de ellas se valía de la doncella para ese menester sino en casos de extremo apuro, como el de Irene aquella mañana: ¡Qué modo de escurrírsele el tiempo entre los dedos! Primeramente la visita de la beata: más de media hora sin sentir; después, otra media bien cumplidita para leer y releer, sin chiribitas en los ojos, ni nudos en la garganta, ni latidos en el corazón, ni temblores en las manos, los apretados renglones de las cuatro caras del apunte traído por doña Mónica; pues una hora, bien larga, a cualquiera mujer, por diligente y despreocupada que sea, se le va por el aire en lo que a ella se le fue entonces: en meditar sobre lo leído; en desentrañar este concepto o aquella palabra; en el afán de estimar en su justo valor, por escrúpulos de dignidad, el acto del recomendante; en el saboreo de tal periodo, en que resaltaba más que en otros el verdadero jugo de la carta, después de exento el firmante, por la reflexión caritativa de la lectora, hasta del menor vestigio de imprudencia; en pensar debidamente sobre si aquel acto la obligaba a ella a otro semejante, en justa correspondencia, o si, por el contrario, las leyes del decoro, aceptadas en el mundo para regla de conducta de las jóvenes solteras y honradas hijas de familia en casos idénticos, se le vedaban, aunque estuviera apeteciéndole con todo su corazón; en medir y pesar las consecuencias de uno y de otro extremo, con relación a la obra caritativa de que se trataba; y, por último, y optando por la afirmativa, en trazar, mentalmente, las líneas generales de la respuesta; en el intento de vencer, llevando ya los supuestos a la ejecución minuciosa, el escollo infranqueable de los primeros vocablos: aquel vocativo embarazoso siempre, y, en circunstancias de serio compromiso, desaforado mastín atravesado en los umbrales de las cartas; en elegir la hora y el sitio para perjeñar la suya con el necesario aislamiento y la requerida tranquilidad, y hasta en hacer, por vez primera en su vida, un examen de sus acopios de ortografía y de estilo.

Tras estas dos horas invertidas así, otra media, cuando menos, dedicada a los accesorios de aquellos puntos capitales: si enteraría a su hermana de lo ocurrido, o no la enteraría; si, enterándola, convendría solicitar su colaboración en la peliaguda respuesta, o siquiera su complicidad para el logro del indispensable reposo en el desempeño de su delicado cometido. si desempeñarle a correo vuelto, o hacerse desear un poco, como lo aconsejaban ciertos respetillos de sexo muy atendibles, etc., etc. De modo que cuando logró volver en sí, ya le daba en las narices el tufo de los guisotes de la cocina (señal de que andaba rayando la una de la tarde), y aún se encontraba ella despeinada, y, lo que era peor, sin tino ni trazas de él para peinarse a sí misma. Entonces, y por eso, llamó a su doncella.

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