Explore "Nubes de estío" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Para que todo estuviera en punto de caramelo y nada faltara en aquella coruscante fiesta de la high life, así trashumante como indígena, quiso la buena fortuna que llegara a tiempo de concurrir a ella Alhelí, el cronista más almibarado y oloroso de todos los cronistas de salones madrileños; la más competente, indiscutible y respetada autoridad en materia de moños aristocráticos, picadillos y contorsiones pschout, y sauteries y faive o'clocks. Díjose que había venido, no solamente invitado, sino con dietas y estancias pagadas, préalablement, por algunos amigos y otros valientes apasionados, suyos de la crema de allí, que le reputaban por el único mortal digno de manejar la estrofa de gancho fino y punto de Flandes a la altura que pedía el caso; en fin, que había venido para aquello, como Homero al mundo para cantar lo de Troya. Cierto o no cierto el dicho, el hecho fue que apareció la víspera de aquel día en la vía pública, rodeado de admiradores que le devoraban con los ojos el terno de tricot fantasía, el sombrerillo de paja y los botines de dril; todo en conjunto y cada cosa de por sí, de la más «alta y atrevida novedad,» como decía él. El mozo (pues lo era, aunque linfático y de pocas creces) se dejaba admirar con entera conciencia de merecerlo, no sólo por lo admirable del vestido, sino por tener plato en todas las mesas de lustre y acceso a todos los cotarros del «buen tono;» moneda en que pagaban las gentes del «gran mundo» las lisonjas de su pluma, que no valía para otros destinos ni vivía de otra cosa.
Al día siguiente fue de los primeros en concurrir a la explanada del embarcadero; pero con otro vestido y otros requilorios muy diferentes de los de la víspera: llevaba encima un atalaje adecuado a las exigencias de la ocasión; algo así como «a la marinera» de teatro; guantes de muchos cosidos, borceguíes a la inglesa, grandes anteojos de mar colgando de una bandolera, y entre manos una bocina descomunal de reluciente azófar, sobre cuyo destino guardaba el obstinado secreto; secreto que era la desesperación de sus amigos, a los cuales consolaba asegurándoles que el detalle «había de quedar,» porque, como irían viéndolo, compondría distinguidísimamente en el cuadro. Era una novedad que quería introducir él, tomándola de otros del sport de Madrid, en los que acababa de adoptarse con gran éxito.