Nubes de estío by José María de Pereda — Read

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Después espesaron los rocíos y comenzaron a enfriarse las madrugadas; soplaron las primeras rachas del noroeste, y se llevaron por delante los últimos celajes veraniegos; perdió la mar todas sus galas de las grandes etiquetas: los «vaporosos tules,» las «esmeraldas líquidas,» las «irisadas crenchas.» y cuanto ven en esa egregia dama los soñadores ojos de la poesía bonachona y elegante. Por perder, perdió hasta las «embriagadoras armonías» de sus «arrullos blandos,» y se echó encima los ropajes grises, macizos y desaliñados de los días «de confianza» en los meses invernales; y comenzó a ensayar en el fondo de sus abismos el zumbido de las largas noches tenebrosas y el rugir de sus galernas y huracanes.

Con estos síntomas desapacibles, los últimos bañistas de la playa tiritaron de frío y de tristeza, y se largaron tierra adentro sin volver la vista atrás. Los ociosos hospederos apagaron entonces sus hornillos y fogatas; requirieron las improductivas cacerolas, y se desbandaron también hacia sus cuarteles de invierno, cruzándose quizás en el camino éstos y los otros con los nativos de la ciudad, que tornaban a ella cansados de la vida campestre en las aldeas circunvecinas. Los taciturnos balnearios, los encumbrados chalets y los hoteles, grandes y chicos, después de recoger y amontonar sus cachivaches y dar una escobada a los suelos, cerrason sus puertas y ventanas; y hartos de huéspedes volanderos y de sus algaradas y trapisondas, dispusiéronse a dormir, entre los horrores de la digestión y en aquella soledad que parecería la de las tumbas sin el bramar continuo del enfurruñado Océano, el sueño de las marmotas hasta los primeros calores del venidero estío.

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