Cutres by José María de Pereda — Read

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El dibujo era de mi pertenencia, por espontánea e inmerecida generosidad del artista, como constaba y consta en la dedicatoria al pie, de su puno y letra; lo cual, por sí solo, le daba ya, en mis adentros de hombre agradecido, un valor excepcional. Pero con ser este valor tan grande, aún me parecía mayor el que tenía en absoluto el cuadro, considerado como obra de arte y como primera y palpable revelación, a mis ojos, de los talentos del artista, mozo santanderino, en quien el delicado sentimiento de la tierruca madre no se ha embotado ni se embotará jamás con el roce continuo de la jerga ramplona de los alegatos en papel de oficio; como no ahondarán los barnices de la vida madrileña en la epidermis de su cepa campurriana.

Me complacía yo en pensar esto del artista en presencia de su cuadro, y en creerlo a pies juntillas, porque, para mí, es innegable que ciertas delicadezas de estilo no pueden tenerse sin una exquisita afinación del sentimiento de la cosa tratada; inquiría, como lego, los procedimientos seguidos por el dibujante para lograr aquellos efectos de verdad y de hermosura en su obra; admiraba tan pronto lo acertado de la composición como la destreza de la mano ejecutora del pensamiento; regocijábame en hacer con el mío rápidas excursiones al campo del arte montañés; contaba y clasificaba a los artistas por orden de géneros y hasta de edades; resultábame de tan varias, independientes y ricas manifestaciones, una tendencia común, una perfecta unidad final, como resulta en la fábrica del gallardo monumento con todas y cada una de las partes que le componen y que tan diferentes parecían entre sí, desparramadas y en manos de los artífices que van dándoles la forma determinada por el arquitecto; colábanse por este resquicio la idea de la escuela, el esbozo de la región; algo de lo que puede haber en estas ideas de ilusorio, por espíritu de raza o por embriaguez patriótica; mucho de lo que, aunque irrealizable, tiene de bueno el achaque, por lo fecundo que es en nobles empresas y en generosos esfuerzos locales, que, a la postre, lucen en beneficio y en gloria de la patria común. en fin, hasta pesaba y medía el cuadro, que ya era mío, recordando sitios y espacios, para elegir el más conveniente para colgarle, cuando se me dijo que preguntaba por mí «un hombre de allá».

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