Pedro Sánchez by José María de Pereda — Read

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Cuando la tuve delante, arrastrada por diez o doce briosas mulas, con su postillón en la izquierda de las dos primeras, entendí que era una casa ambulante con gentes asomadas a sus balcones, incluso el de la buhardilla, que tal me pareció el altísimo cupé. Mostró mi billete al mayoral, subieron mi baúl con e auxilio de una escalera de pinos al desván de la casa, alzando por un costado el tejadillo de cuero, y embutiéronme a mí en el departamento central, técnicamente interior, en el que había ya cinco personas, las cuales me recibieron como debía recibir el atormentado la cuña destinada a apretar la prensa de sus huesos. Cedióseme una esquina que me pertenecía de las cuatro del local, como lo rezaba el billete, acomodéme del mejor modo posible en la parte de cojín que me correspondía en aquel banco, y por entonces no me pareció muy duro que digamos, ni tampoco me lo parecieron las paredes del coche, revestidas, como el almohadón, de bayeta encarnada, con un poco de mullida, Dios sabe de qué.

En esto se oyeron hacia el pescante cuatro gritos, diez interjecciones de cuadra, el restallar del látigo y mucho cascabeleo, viniéronse los tres que iban de espaldas a las mulas sobre los otros tres que las llevábamos de frente, como si un huracán los empujara, y comenzó a rodar el coche camino de Madrid, con un ruido de cristales, de muelles envejecidos y de portezuelas mal ajustadas, que verdaderamente ensordecía y atolondraba.

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