Pedro Sánchez by José María de Pereda — Read

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No me conformé con esto solo: había otro campo en que espigar nuevos y muy sabrosos triunfos, y nadie en mejores condiciones que yo entonces para colarme en él. Este campo era el mundo, la buena sociedad. Quería seguir las huellas que me dejó trazadas mi predecesor; y cuando lo consiguiera, mis revistas tendrían doble atractivo, y mi imperio se dilataría en casi otro tanto por las regiones del buen tono. Ya no era yo el apocado y meticuloso provinciano recién llegado a Madrid a pretender un destinillo que nunca se me daba; que estudiaba en los transeúntes el modo de andar y de vestir a la moda, y, estrujando los bolsillos para sacar un puñado de pesetas que no eran mías, adquiría con ellas un contrahecho arreo con que presentarme, tropezón y balbuciente, entre las gentes elegantes; ya no temía encontrarme con la familia Valenzuela, porque Clara respondía muy atenta a mis saludos, cuando de lejos se los hacía, y a los demás no quería saludarlos yo; vestía a la moda, porque mi sueldo, casi doblado desde que me había metido a crítico, daba para ello; era yo, en fin, un publicista que tenía un nombre que sonaba mucho en tertulias y cafés, y amigos y admiradores, y trato de gentes, y soltura y desembarazo para andar por Madrid como por mi casa. ¿Quién, pues, como yo para entrar con planta firme en los empingorotados salones, y aspirar a ser el mimado cronista de sus fiestas y ornamentos?

Y entré, comenzando por aquellos en que me había presentado Matica meses atrás. Pero me engañaba algo el pensamiento. Delante de los hombres me desenvolvía tal cual; mas delante de las damas desconocidas continuaba siendo un pobre babieca: me faltaba el pertrecho de ingeniosas frivolidades con que los chicos de mundo improvisan un tiroteo de galantes agudezas con una mujer, tan pronto como se acercan a ella; pertrecho que, por lo común, no se adquiere comenzando a buscarle cuando se tiene ya la cara llena de barbas, y se ha pasado el tiempo que queda atrás en los jarales de una aldea. Por fortuna mía, estaba allí Clara aquella noche; y viéndome perplejo y desorientado, a Clara me acerqué, como de escala en puerto conocido. No me pesó de ello.

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