Pedro Sánchez by José María de Pereda — Read

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En este cielo alegre y sonrosado en que de tal modo despilfarraba sus luces la estrella de mi fortuna, había una nube negra que a veces la empañaba y muy a menudo me entristecía. Esta nube era el recuerdo de la pobre Carmen, sola y cargada de penas y de luto.

Visitábala yo con la posible frecuencia; pero no podía arrancarla, por más esfuerzos que hacía, de las cadenas de aquel dolor mudo que se había apoderado de ella. Las grandes pesadumbres ofrecen también su deleite en el recuerdo mismo de los sucesos que las producen. Guarda la memoria los minuciosos trámites de la muerte que nos llevó del mundo a un ser querido: allí están grabados todos, uno por uno, desde la insignificante dolencia que le postró en el lecho, hasta el último ruido del estertor de su agonía, con los más nimios pormenores de las largas noches de vela; del rumor de los pasos del médico; del eco de sus palabras, unas veces produciendo esperanzas, otras matando las concebidas; del color de las coberturas del lecho; de la mortecina luz de la escondida lámpara; de nuestras propias cavilaciones, de nuestros sobresaltos., de todo; y de todo ello se habla después, porque esas conversaciones parecen una continuación de lo pasado sin el abismo de la muerte. Pero en la memoria de la infeliz Carmen no quedaba nada de eso. Su padre, alejado de casa, lleno de vida; después un extraño, turbado y conmovido, que la hace un triste relato de fieras matanzas en la calle, y que, en vez de traerle lo que ella espera con mortales ansias, le da la horrenda noticia de que un balazo casual lo tendió sin vida sobre las duras piedras. ¡Ni siquiera el consuelo de besar su frío cadáver! ¿Cómo no apartar los ojos del libro en que se grabaron tales recuerdos? ¿Cómo llorar cuando el horror obstruye las fuentes del sentimiento?

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